El Trío de Oro se lanzaron miradas
preocupadas y nerviosas. Todo lo que paso ese año no fue nada agradable para
unos niños, y ahora los profesores se enterarían en los problemas que se habían
metido.
— ¿Qué ocurre cachorro?—Le
pregunta Sirius— ¿Hay algo por lo que deba preocuparme?—le miraba
sospechosamente
— ¿Qué?, eh, no, no, Sirius, no es
nada—le responde entrecortadamente Harry
—Cachorro, sabes que puedes
confiar en mí, tranquilo que con que estos libros vamos a poder acabar con
Voldemort, y no tendrás de que preocuparte—le dice sonriendo. Harry lo mira, y
puede sentirse un poco menos inquieto, pero no puede evitar pensar como
reaccionaria al enterarse de que él ya ha luchado dos veces más con Voldemort.
—No pasa nada Harry, estamos los
tres juntos en esto—le dice Hermione
—Claro que si colega—habla
Ron—aunque es muy probable que mi mama nos regañe por lo que hemos hecho estos
años, o que le hagamos dar un infarto, pero creo que es peor tenerla aquí a que
me envíe un vociferador—dice con cara de terror.
— ¡Ronald!—reprende Hermione—No
estás ayudando.
—Pero si es verdad, tú porque no
tienes a tus padres aquí, pero imagínate los míos lo que me dirán, o peor me
castigaran.
Harry lanzo una carcajada al ver a
sus dos amigos discutir como siempre, ellos lo vieron reír de esa forma y se
unieron a sus risas, mientras que el resto del comedor no entendía por qué se
reían de esa manera.
Reddish los miro divertida. Nunca
pensó que los vería actuar de esa forma, a pesar de estar en esta época, y ser
más maduros que los jóvenes de su edad, pueden actuar aún como adolescentes,
con solo preocuparse por los castigos que les pueden dar por esa curiosidad
bendita que tienen. Y eso le agradaba.
— ¿Listos?—Al ver que asentían,
continuo—El capitulo se llama El niño que vivió.
El
señor y la señora Dursley,
—Ese
apellido me suena— dice Sirius con aire pensativo. Harry se tenso en su sitio.
—Creo que sé de donde, pero no estoy seguro—le respondió
Remus
que
vivían en el número 4 de Privet Drive,
— ¿Qué
es eso?—pregunto un niño de primer curso
—Es una localidad de muggles—responde Claws. Los Sangre Pura
hicieron muecas de asco.
— ¿Qué tiene esto que ver con el Señor Oscuro?—pregunto un
Slythering
estaban
orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente. Eran las últimas
personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso,
porque no estaban para tales tonterías.
— ¿Escuchas lo que yo, George?—habla Fred
— ¿Qué lo extraño y misterioso es una tontería? Si lo
escucho Fred—dice George—Su vida debe ser un aburrimiento total.
— eh Percy. ¿No serán familia tuya?—el hermano mayor los
miro de forma severa, mientras los demás estallaban en risas.
El
señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba
taladros.
— ¿Talazo? ¿Es una herramienta Muggle?—pregunto el Sr.
Weasley a Hermione. Muchos Sangre Puras lo agradecieron mentalmente, ya que
tampoco sabían lo que era.
—Ta-la-dro, y si. Es una herramienta muggle, sirve para
abrir agujeros, básicamente esa es su función principal, sin embargo…
— ¡Hermione! Debemos seguir con la lectura—le dice Harry
divertido, al ver el entusiasmo de la chica por explicar todo lo que sabe.
Era un
hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso.
—Iug!—las
chicas hicieron muecas de asco al imaginarse un hombre así.
—Mi foquita encantada— dice Reddish rodando los ojos, muchos
rieron por esto.
La
señora Dursley era delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de
lo habitual,
—Oh! Me
enamore—Exclama George dramáticamente
—Siempre quise tener una cuñada Jirafa—Dice Fred. Todos
estallaron en carcajadas.
lo que
le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por
encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos.
—Ya entiendo Fred, si una persona estira tanto el cuello se
convierte en jirafa.
—Tienes razón George, deben tener cuidado niños, no se espía
a los vecinos, a menos…—dice en voz maternal. Muchos no se aguantaban la risa.
—Que quieran ser jirafa—completo su hermano. Ahora si
estallaron a carcajadas.
Los
Dursley tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño
mejor que él.
—Si un cerdo y una jirafa se juntan—dice pensativo Sirius—
¿Qué daría como hijo?
—Cerafa— Respondió Remus.
Los
Dursley tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor
temor era que lo descubriesen: no habrían soportado que se supiera lo de los
Potter.
— ¿Que quiere decir con eso?—pregunto Sirius empuñando las
manos.
—Ya sé de donde nos sonaba el apellido—dijo entre dientes
Remus
La
señora Potter era hermana de la señora Dursley,
— ¿Qué?—grito la mayoría del gran comedor.
— ¿Ellos son tus tíos Harry?—le preguntó Neville. Harry
asintió tenso.
pero no
se veían desde hacía años; tanto era así que la señora Dursley fingía que no
tenía hermana,
— ¿Cómo puede fingir que no tiene hermana?—preguntaron
algunos indignados.
porque
su hermana y su marido, un completo inútil,
— ¡JAMES NO ERA NINGUN INUTIL!—Exclamaron indignados Remus y
Sirius, Harry tenía sus manos empuñadas, Hermione se las tomo para relajarlo,
mientras Ron le daba palmeadas en la espalda.
—Sí claro—dijo Snape por lo bajo.
eran lo
más opuesto a los Dursley que se pudiera imaginar.
—Gracias a Merlín—dijeron Harry, Sirius y Remus.
Los
Dursley se estremecían al pensar qué dirían los vecinos si los Potter
apareciesen por la acera.
—Estaría encantados con Lily y James—Dice Remus
Sabían que
los Potter también tenían un hijo pequeño, pero nunca lo habían visto. El niño
era otra buena razón para mantener alejados a los Potter: no querían que Dudley
se juntara con un niño como aquél.
—Como si yo quisiera juntarme con él—dice Harry poniendo los
ojos en blanco.
Nuestra
historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes,
con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había
en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos
que poco después tendrían lugar en toda la región.
— ¿Qué acontecimientos?—Preguntó la profesora McGonagall
—Más adelante lo sabrá profesora—Respondió Titán.
El
señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al
trabajo, y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al
ruidoso Dudley en la silla alta.
—Una mañana normal en la casa de foca y la jirafa—dice Fred.
Muchos soltaron risitas por lo bajo.
Ninguno
vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.
— ¿Lechuza?—exclamaron los hijos de muggles
— ¿Qué hay de raro?—pregunto Ron
—En el mundo muggle es muy extraño ver lechuzas en el
día—respondió Hermione con ceño fruncido.
A las
ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la
mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el
niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes.
«Tunante», dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa. Se
metió en su coche y se alejó del número 4.
— ¿Cómo puede apoyarle los berrinches a su hijo?—preguntaron
indignadas Molly Weasley y Narcisa Malfoy. Los hijos de ambas las vieron con un
poco de temor, ya que cuando se molestaban eran de temer.
Al
llegar a la esquina percibió el primer indicio de que sucedía algo raro: un gato
estaba mirando un plano de la ciudad.
—Un gato normal no hace eso—dice Ron
— ¿Acaso existen gatos anormales?—pregunto Hermione
sarcásticamente. Los tres chicos del futuro se rieron de tal manera que los
demás los vieron extrañados.
— ¿Qué ocurre?—pregunta Harry.
—Lo siento—dice Claws con pequeñas sonrisas divertidas—Nos
acordamos de una discusión parecida.
— ¿y? ¿De qué es?—pregunta Sirius ansioso
—Bueno veras Canuto—dice Reddish, Sirius abre los ojos,
sorprendido— ¿Puedo decirte así no?
—Sí, Claro, solo que no sabía que supiesen mi apodo.
—Sabemos todo de ustedes—Responde Titán—Tenemos, mmm, ¿Cómo
decirlo? Familia y amigos, que son sus seguidores, ya saben—les guiña un ojo
divertido. Sirius y Remus sonríen también de forma divertida.
—Como les estaba diciendo, en una clase nuestra, de
Transformaciones, nos estaban enseñando por pareja, a transformar objetos en animales,
y hay dos chicos que son como ellos dos—señalo a Ron y Hermione—se la pasan
discutiendo la mayor parte del tiempo, y cuando fue su turno de hacer la
practica les toco transformar la mesa en un gato, al momento de hacer el
hechizo, como estaban discutiendo, no estaban del todo concentrados. El
resultado final: el gato con cuerpo de mesa—Todos estallaron en carcajadas.
—Al salir de clase, el chico le dijo: un gato normal no es
así ¿no? Y la chica respondió igual que Hermione—explico Titán.
Tardó un rato en el que se calmaran, ya que los tres chicos
del futuro no paraban de reír. Luego, Reddish continúo con la lectura.
Durante
un segundo, el señor Dursley no se dio cuenta de lo que había visto, pero luego
volvió la cabeza para mirar otra vez. Sí había un gato atigrado en la esquina
de Privet Drive, pero no vio ningún plano. ¿En qué había estado pensando? Debía
de haber sido una ilusión óptica.
—Bueno, ya sabemos lo que no hace un gato normal—dice Fred
—Entonces, ¿un gato anormal sabe leer plano?—pregunta
George, mirando burlonamente a su hermano pequeño, este los miro molesto.
El
señor Dursley parpadeó y contempló al gato. Éste le devolvió la mirada.
—Bien, esto es algo extraño—dice Tonks con el ceño fruncido.
Mientras
el señor Dursley daba la vuelta a la esquina y subía por la calle, observó al
gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el felino estaba leyendo el
rótulo que decía «Privet Drive» (no podía ser, los gatos no saben leer los
rótulos ni los planos).
—EXACTO, pero los gatos anormales si—dijeron en conjunto los
gemelos. Todos se rieron nuevamente por sus ocurrencias.
El
señor Dursley meneó la cabeza y alejó al gato de sus pensamientos. Mientras iba
a la ciudad en coche no pensó más que en los pedidos de taladros que esperaba
conseguir aquel día.
Pero en
las afueras ocurrió algo que apartó los taladros de su mente. Mientras esperaba
en el habitual embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran
cantidad de gente vestida de forma extraña. Individuos con capa.
— ¿Capas?—preguntaron los hijos de muggles y mestizos.
— ¿Qué?—preguntaron los sangre puras.
—Los muggles no usan capas desde la era medieval—dice
Hermione rodando los ojos—son consideradas como anticuadas y ridículas—Los
sangre Pura la miraron ofendidos.
El
señor Dursley no soportaba a la gente que llevaba ropa ridícula.
— ¿Lo ven? ¡No soy yo la que lo dice!—exclama Hermione
cruzada de brazos.
¡Ah, los
conjuntos que llevaban los jóvenes! Supuso que debía de ser una moda nueva.
Tamborileó con los dedos sobre el volante y su mirada se posó en unos extraños
que estaban cerca de él. Cuchicheaban entre sí, muy excitados. El señor Dursley
se enfureció al darse cuenta de que dos de los desconocidos no eran jóvenes.
Vamos, uno era incluso mayor que él, ¡y vestía una capa verde esmeralda! ¡Qué
valor!
— ¡Esas pegsonas pagecen magos!—exclama Madame Maxime.
— ¡Están llamando la atención!—exclama Sra. Weasley.
Pero
entonces se le ocurrió que debía de ser alguna tontería publicitaria; era
evidente que aquella gente hacía una colecta para algo. Sí, tenía que ser eso.
El tráfico avanzó y, unos minutos más tarde, el señor Dursley llegó al
aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los taladros.
El
señor Dursley siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su oficina del
noveno piso. Si no lo hubiera hecho así, aquella mañana le habría costado
concentrarse en los taladros. No vio las lechuzas que volaban en pleno día,
aunque en la calle sí que las veían y las señalaban con la boca abierta, mientras
las aves desfilaban una tras otra. La mayoría de aquellas personas no había
visto una lechuza ni siquiera de noche. Sin embargo, el señor Dursley tuvo una
mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a cinco personas. Hizo
llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar. Estuvo de muy buen humor
hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas y dirigirse a la
panadería que estaba en la acera de enfrente.
—Guao, que día tan normal el de una foca—dice George. Sin
embargo, los profesores y los mayores, estaban extrañados y preocupados por ese
descarado comportamiento. Se estaba colocando el secreto de la Magia en bandeja
de plata a los muggles para que los descubriera.
Había
olvidado a la gente con capa hasta que pasó cerca de un grupo que estaba al
lado de la panadería. Al pasar los miró enfadado. No sabía por qué, pero le
ponían nervioso. Aquel grupo también susurraba con agitación y no llevaba ni
una hucha. Cuando regresaba con un donut gigante en una bolsa de papel, alcanzó
a oír unas pocas palabras de su conversación.
—Los
Potter, eso es, eso es lo que he oído...
—Sí, su
hijo, Harry...
— ¿Qué pasa con mi ahijado?—pregunta Sirius
—Canuto, ¿no será aquel día?—dice Remus algo pálido.
—No puede ser—dice Sirius, pálido también.
— ¿Qué día?—preguntó Harry. Sirius y Remus se miraron, luego
lo miraron a él pero no contestaron.
El señor
Dursley se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia los que
murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo.
Se
apresuró a cruzar la calle y echó a correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su
secretaria que no quería que le molestaran, cogió el teléfono y, cuando casi
había terminado de marcar los números de su casa, cambió de idea. Dejó el
aparato y se atusó los bigotes mientras pensaba... No, se estaba comportando
como un estúpido.
— ¡Que novedad!—exclamaron los Slythering
Potter
no era un apellido tan especial.
—Para nada—dice Draco Malfoy
— ¿Es idea mía, o Malfoy está de acuerdo con un
muggle?—pregunto Ron
—eh, no. No es idea tuya—le respondió Harry. Todos voltearon
a ver a Draco, extrañados.
Estaba seguro
de que había muchísimas personas que se llamaban Potter y que tenían un hijo
llamado Harry. Y pensándolo mejor, ni siquiera estaba seguro de que su sobrino
se llamara Harry. Nunca había visto al niño.
— ¿No lo conocía?—preguntaron a voz unánime
—No—Respondió Remus—Petunia, la hermana de Lily, se llevaba
mal con ella.
—Mal es poco lunático, se llevaban pésimo, Petunia odiaba a
Lily—respondió Sirius—el caso, es que ella se alejo de Lily, hasta le quitó el
habla, bueno eso lo escucharon aquí, se pueden imaginar la relación.
—Pero ¿Por qué? Si eran hermanas—pregunto un chico de
Ravenclaw
—No lo sé, solo sé que su relación era muy mala—Respondió
Remus.
Snape, no comentaba nada, pero él sabía porque la relación
de las hermanas se deterioro tanto, y lo mucho que sufrió Lily por eso.
Podría
llamarse Harvey. O Harold.
Todos estallaron a carcajadas. Harry los miro indignados,
para nada se llamaría así, gracias a Merlín que sus padres no estaban locos
para colocarle un nombre tan horrible como alguno de esos.
—Harold—dice Fred dirigiéndose a Harry. Lo miro de arriba
abajo—No te queda—las risas no paraban.
— ¡Por supuesto que no me queda!—exclamo Harry de brazos
cruzados— ¿En qué pensaba tío Vernon al sugerir esos nombres?—Las carcajadas
siguieron al verle fruncir el ceño y hacer pucheros, se veía como un niño
haciendo berrinche.
—Espera, espera—dice George—Puede que Harvey si vaya
contigo—Harry miró indignados a los gemelos y a sus amigos que no paraban de
reír.
No
tenía sentido preocupar a la señora Dursley, siempre se trastornaba mucho ante
cualquier mención de su hermana. Y no podía reprochárselo. ¡Si él hubiera
tenido una hermana así...! Pero de todos modos, aquella gente de la capa...
—A mi me hubiese encantado tener una hermana como Lily—dijo
Sirius viendo a la nada—Ella siempre me regañaba cuando hacia algo malo, y me
ayudaba siempre que lo necesitaba. No había mejor persona que Lily. —Tenía una
sonrisa nostálgica, al igual que aquellas personas que la conocieron y sabían
cómo era.
Snape no podía evitar pensar en su mejor amiga, estaba de
acuerdo con Black, aunque no lo diría en voz alta, no existe una mejor persona
que Lily, lo supo desde que la vio por primera vez, y lo reafirmaba cada día
que estuvo con ella. Pero tuvo que enamorarse de ese Potter.
Aquella
tarde le costó concentrarse en los taladros, y cuando dejó el edificio, a las
cinco en punto, estaba todavía tan preocupado que, sin darse cuenta, chocó con
un hombre que estaba en la puerta.
—Perdón
—gruñó,
—Guao, se disculpó, esto es memorable—decía Harry— no creí
que tío Vernon tuviera esa palabra en su diccionario—prosiguió pensativo.
Mientras los cercanos lo miraban confusos.
mientras
el diminuto viejo se tambaleaba y casi caía al suelo. Segundos después, el
señor Dursley se dio cuenta de que el hombre llevaba una capa violeta. No
parecía disgustado por el empujón. Al contrario, su rostro se iluminó con una
amplia sonrisa, mientras decía con una voz tan chillona que llamaba la atención
de los que pasaban:
— ¡No
se disculpe, mi querido señor, porque hoy nada puede molestarme! ¡Hay que
alegrarse, porque Quien-usted-sabe finalmente se ha ido! ¡Hasta los muggles como
usted deberían celebrar este feliz día!
La gran mayoría estaba en shock.
—A ese día se referían—le dijo Harry desganado a Sirius y
Remus.
Y el
anciano abrazó al señor Dursley y se alejó.
El
señor Dursley se quedó completamente helado. Lo había abrazado un desconocido.
Y por si fuera poco le había llamado muggle, no importaba lo que eso
fuera. Estaba desconcertado. Se apresuró a subir a su coche y a dirigirse hacia
su casa, deseando que todo fueran imaginaciones suyas (algo que nunca había
deseado antes, porque no aprobaba la imaginación).
— ¿Qué es la vida sin imaginación?—dice Ginny
Cuando
entró en el camino del número 4, lo primero que vio (y eso no mejoró su humor)
fue el gato atigrado que se había encontrado por la mañana.
—Algo pasa con ese gato.
—Creo saber quién es—comento Remus con una sonrisa divertida
—Es Minnie ¿cierto lunático?—dijo Sirius sonriendo
ampliamente
—Creo que sí, solo he visto un gato con esas
características, y es cuando Minnie se transforma en su forma animaga.
— ¡Señores Lupin y Black!—los reprendió McGonagall
En
aquel momento estaba sentado en la pared de su jardín. Estaba seguro de que era
el mismo, pues tenía unas líneas idénticas alrededor de los ojos.
— ¡Es Minnie!—exclamaron ambos merodeadores haciendo reír a
unos cuantos. Mientras la profesora los miraba severamente
— ¡Fuera!
—dijo el señor Dursley en voz alta.
El gato
no se movió. Sólo le dirigió una mirada severa.
—En definitiva es usted profesora—Le dijo Harry. McGonagall
le dio una sonrisa. Remus y Sirius lo miraron boquiabierta.
El
señor Dursley se preguntó si aquélla era una conducta normal en un gato.
—Por supuesto que no—dice Titán rodando los ojos.
Trató
de calmarse y entró en la casa. Todavía seguía decidido a no decirle nada a su
esposa.
La
señora Dursley había tenido un día bueno y normal. Mientras comían, le informó
de los problemas de la señora Puerta Contigua con su hija, y le contó que
Dudley había aprendido una nueva frase («¡no lo haré!»).
— ¡Que indignante! Criar a un hijo así—bufó Narcisa Malfoy
con el ceño fruncido.
El
señor Dursley trató de comportarse con normalidad. Una vez que acostaron a
Dudley, fue al salón a tiempo para ver el informativo de la noche.
—Y por
último, observadores de pájaros de todas partes han informado de que hoy las
lechuzas de la nación han tenido una conducta poco habitual. Pese a que las
lechuzas habitualmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas a la luz
del día, se han producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas aves en
todas direcciones, desde la salida del sol. Los expertos son incapaces de
explicar la causa por la que las lechuzas han cambiado sus horarios de sueño.
—El locutor se permitió una mueca irónica—. Muy misterioso. Y ahora, de nuevo
con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo. ¿Habrá más lluvias de lechuzas
esta noche, Jim?
La mayoría de los estudiantes tenían la boca abierta de la
sorpresa. Las chicas con una mano en la frente, definitivamente los muggles no
son tontos ante tanta evidencia que dejaron los magos ese día.
—Bueno,
Ted —dijo el meteorólogo—, eso no lo sé, pero no sólo las lechuzas han tenido
hoy una actitud extraña. Telespectadores de lugares tan apartados como Kent,
Yorkshire y Dundee han telefoneado para decirme que en lugar de la lluvia que
prometí ayer ¡tuvieron un chaparrón de estrellas fugaces! Tal vez la gente ha
comenzado a celebrar antes de tiempo la Noche de las Hogueras. ¡Es la semana
que viene, señores! Pero puedo prometerles una noche lluviosa.
—Esto es demasiado—dijo un chico búlgaro. Muchos asintieron
de acuerdo con él.
El
señor Dursley se quedó congelado en su sillón. ¿Estrellas fugaces por toda Gran
Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz del día? Y aquel rumor, aquel cuchicheo
sobre los Potter...
—Parece que la foquita enlaza bien los acontecimientos—dice
Titán. Sus amigos reían fuerte, y algunos tenían unas pequeñas sonrisas.
La
señora Dursley entró en el comedor con dos tazas de té. Aquello no iba bien.
Tenía que decirle algo a su esposa. Se aclaró la garganta con nerviosismo.
—Alguien esta sudando la gota gorda—dijo Claws en tono
cantarín. Todos estaban riéndose. Titán y Claws chocaron las palmas y Reddish
negaba con una sonrisa divertida. Los gemelos y merodeadores vieron a estos
chicos con un brillo especial en los ojos.
—Eh...
Petunia, querida, ¿has sabido últimamente algo sobre tu hermana?
Como
había esperado, la señora Dursley pareció molesta y enfadada. Después de todo,
normalmente ellos fingían que ella no tenía hermana.
Todos rodaron los ojos, algunos murmuraban cosas
inentendibles.
—No
—respondió en tono cortante—. ¿Por qué?
—Hay
cosas muy extrañas en las noticias —masculló el señor Dursley—. Lechuzas...
estrellas fugaces... y hoy había en la ciudad una cantidad de gente con aspecto
raro...
—Definitivamente la foca piensa—dijeron los tres chicos del
futuro.
— ¿Y
qué? —interrumpió bruscamente la señora Dursley
—Alguien está enojada canuto—dice Remus
—Tal parece lunático—responde Sirius— ¿Tendrá el carácter de
Lily?—pregunto con un estremecimiento. Remus reía a carcajadas limpias y Sirius
se le unió después.
—Creo que me perdí—dice Harry
—Todos lo hicimos —comenta Ron.
—Lo que pasa querido sobrino—dice Remus—es que tu madre
tenía un carácter de temer cuando se molestaba.
—y normalmente yo era el objetivo de su furia—comento Sirius
con un nuevo estremecimiento. Remus no para de reír. —Basta Lunático—le dice
con los brazos cruzados. Todos miraron extrañados a los dos amigos.
—Es que… Sirius, una vez le quito un libro a tu madre
mientras leía—dice Remus mirando a Harry— y por accidente los estropeo; resulta
que era el libro favorito de Lily, ella se molestó tanto que lo hechizó
dejándolo colgado en el medio de la Sala Común de Gryffindor—a esta altura
todos estaban riéndose a carcajadas—y eso no es todo, James intento ayudarlo y
Lily lo amenazó con colgarlo a él también—las risas no paraban—eso fue antes
del medio día, tu madre lo bajó cuando ya era hora de dormir. Nadie se atrevió
a acercarse a canuto porque todos conocían el carácter de Lily—Nadie aguantaba
las risas, de hecho los gemelos se cayeron de sus asientos uno arriba del otro.
Algunas lloraban, otros se agarraban la barriga.
Cuando se calmó la gran mayoría, Reddish continuó con la
lectura.
—Bueno,
pensé... quizá... que podría tener algo que ver con... ya sabes... su grupo.
— ¿Su grupo?—exclamaron todos viendo ofendidos al libro
La
señora Dursley bebió su té con los labios fruncidos. El señor Dursley se preguntó
si se atrevería a decirle que había oído el apellido «Potter». No, no se atrevería.
—Que cobarde—dice Ginny rodando los ojos—parece más gallina
que foca.
En
lugar de eso, dijo, tratando de parecer despreocupado:
—El
hijo de ellos... debe de tener la edad de Dudley, ¿no?
—Eso
creo —respondió la señora Dursley con rigidez.
— ¿Y
cómo se llamaba? Howard, ¿no?
Muchos rieron ante esto. Harry miraba indignado el libro,
¿cuántos nombres le invento tío Vernon?
—Harry.
Un nombre vulgar y horrible, si quieres mi opinión.
La mayoría de Slythering, miraron hacia la mesa de
Gryffindor con sonrisas burlonas, mientras Harry seguía de brazos cruzados y el
ceño fruncido.
—Oh,
sí—dijo el señor Dursley, con una espantosa sensación de abatimiento—. Sí,
estoy de acuerdo.
No dijo
nada más sobre el tema, y subieron a acostarse. Mientras la señora Dursley
estaba en el cuarto de baño, el señor Dursley se acercó lentamente hasta la
ventana del dormitorio y escudriñó el jardín delantero. El gato todavía estaba
allí. Miraba con atención hacia Privet Drive, como si estuviera esperando algo.
— ¿Qué esperabas Minnie?—pregunto Sirius
—Sr. Black, no me llame así. —replicó la profesora. Sirius
rodó los ojos.
¿Se
estaba imaginando cosas? ¿O podría todo aquello tener algo que ver con los
Potter? Si fuera así... si se descubría que ellos eran parientes de unos...
bueno, creía que no podría soportarlo.
—Unos ¿qué?—dijeron algunos con el ceño fruncido.
—Magos—respondió Harry. Muchos empuñaron las manos.
Los
Dursley se fueron a la cama. La señora Dursley se quedó dormida rápidamente,
pero el señor Dursley permaneció despierto, con todo aquello dando vueltas por
su mente. Su último y consolador pensamiento antes de quedarse dormido fue que,
aunque los Potter estuvieran implicados en los sucesos, no había razón para que
se acercaran a él y a la señora Dursley. Los Potter sabían muy bien lo que él y
Petunia pensaban de ellos y de los de su clase... No veía cómo a él y a Petunia
podrían mezclarlos en algo que tuviera que ver (bostezó y se dio la vuelta)...
No, no podría afectarlos a ellos...
—Chicos, no creo que sea inteligente, ¿Cómo puede pensar que
no van a tener nada que ver?—dijo Claws
¡Qué
equivocado estaba!
—Por supuesto—exclamaron Reddish y Hermione. Ambas se
sonrieron
El
señor Dursley cayó en un sueño intranquilo, pero el gato que estaba sentado en
la pared del jardín no mostraba señales de adormecerse.
— ¡Cuánta voluntad Minnie!—exclamaron los gemelos
— ¡Señores Weasley!—todos los aludidos voltearon—los
gemelos—aclaró la profesora McGonagall—no permito que me llamen así
—Pero profesora—comenzó Fred.
—es un bonito apodo—continuo George
—el mejor que le queda—exclamaron los dos juntos.
—Señores Black y Lupin!—exclamó la profesora molesta—esto es
responsabilidad de ustedes.
—Tranquila Minnie, solo nosotros y los gemelos podemos
llamarla así—Dijo Sirius guiñando un ojo, los gemelos chocaron las palmas y
Remus sonreía divertido. Mientras algunos reían por la cara de indignación de la
profesora, y los gemelos eran regañados por su madre.
Estaba tan
inmóvil como una estatua, con los ojos fijos, sin pestañear, en la esquina de Privet
Drive. Apenas tembló cuando se cerró la puertezuela de un coche en la calle de
al lado, ni cuando dos lechuzas volaron sobre su cabeza. La verdad es que el
gato no se movió hasta la medianoche.
— ¿Tanto esperó?—los estudiantes estaban sorprendidos.
Un
hombre apareció en la esquina que el gato había estado observando, y lo hizo
tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra.
La cola del gato se agitó y sus ojos se entornaron.
— ¡SE HA MOVIDO!—exclamaron el trío del futuro. Mientras los
demás reían.
En
Privet Drive nunca se había visto un hombre así. Era alto, delgado y muy
anciano, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos que podría sujetarlos
con el cinturón. Llevaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el
suelo y botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes
y centelleaban detrás de unas gafas de cristales de media luna. Tenía una nariz
muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez. El nombre de
aquel hombre era Albus Dumbledore.
—Muy buena descripción—acotó el director sonriendo. Algunos rieron por lo
bajo.
—Entonces Minnie, digo la profesora McGonagall, lo esperaba
a usted profesor—dijo Harry.
—Así es Sr. Potter—dijo el director.
Albus
Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en donde
todo lo suyo, desde su nombre hasta sus botas, era mal recibido. Estaba muy
ocupado revolviendo en su capa, buscando algo, pero pareció darse cuenta de que
lo observaban porque, de pronto, miró al gato, que todavía lo contemplaba con
fijeza desde la otra punta de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció
divertirlo. Rió entre dientes y murmuró:
—Debería
haberlo sabido.
—La descubrieron profesora—dijo Harry con una sonrisa.
—Así parece Sr. Potter—respondió la profesora devolviendo la
sonrisa. Los bromistas miraban a Harry boquiabierta.
Encontró
en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de plata.
Lo abrió, lo sostuvo alto en el aire y lo encendió. La luz más cercana de la
calle se apagó con un leve estallido. Lo encendió otra vez y la siguiente
lámpara quedó a oscuras.
—Guaooo!!—exclamaron todos
—Profesor, ¿podría conseguirme uno?—pregunto Ron
—Me temo que no Sr. Weasley. Es el único existente. Ron lo
miro tristemente.
Doce
veces hizo funcionar el Apagador, hasta que las únicas luces que quedaron en
toda la calle fueron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba.
— ¡Impresionante!—dijo Ron con
una mirada soñadora.
Si
alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, aunque fuera la señora
Dursley con sus ojos como cuentas, pequeños y brillantes, no habría podido ver
lo que sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el Apagador dentro de
su capa y fue hacia el número 4 de la calle, donde se sentó en la pared, cerca
del gato. No lo miró, pero después de un momento le dirigió la palabra.
—Me
alegro de verla aquí, profesora McGonagall.
— ¡JAH! Teníamos razón—exclamaron ambos merodeadores.
Se
volvió para sonreír al gato, pero éste ya no estaba. En su lugar, le dirigía la
sonrisa a una mujer de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada,
que recordaban las líneas que había alrededor de los ojos del gato.
La
mujer también llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba
recogido en un moño. Parecía claramente disgustada.
— ¿Cómo
ha sabido que era yo? —preguntó.
—Mi
querida profesora, nunca he visto a un gato tan tieso.
Todos estallaron a carcajadas. La profesora miro al director
con una mirada severe, ya que el director estaba riendo también.
—Usted
también estaría tieso si llevara todo el día sentado sobre una pared de
ladrillo —respondió la profesora McGonagall.
—Punto a favor de Minnie—dijeron los gemelos
— ¿Todo
el día? ¿Cuándo podría haber estado de fiesta? Debo de haber pasado por una
docena de celebraciones y fiestas en mi camino hasta aquí.
La
profesora McGonagall resopló enfadada.
—Oh,
sí, todos estaban de fiesta, de acuerdo —dijo con impaciencia—. Yo creía que
serían un poquito más prudentes, pero no... ¡Hasta los muggles se han
dado cuenta de que algo sucede! Salió en las noticias. —Terció la cabeza en
dirección a la ventana del oscuro salón de los Dursley—. Lo he oído. Bandadas
de lechuzas, estrellas fugaces... Bueno, no son totalmente estúpidos. Tenían
que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces cayendo en Kent... Seguro que fue
Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido común.
—Otro punto a favor de Minnie—dijo Fred
—Profesor Dumbledore, Minnie le
lleva la delantera—dijo George. Molly y la profesora McGonagall los miraron
severamente mientras que el director sonreía divertido.
—No
puede reprochárselo —dijo Dumbledore con tono afable—. Hemos tenido tan poco
que celebrar durante once años...
—Pego no es motivo paga que se descubga el secgeto de la
magia—dijo Madame Maxime
—Ya lo
sé —respondió irritada la profesora McGonagall—. Pero ésa no es una razón para
perder la cabeza. La gente se ha vuelto completamente descuidada, sale a las
calles a plena luz del día, ni siquiera se pone la ropa de los muggles,
intercambia rumores...
Lanzó
una mirada cortante y de soslayo hacia Dumbledore, como si esperara que éste le
contestara algo. Pero como no lo hizo, continuó hablando.
—Sería
extraordinario que el mismo día en que Quien-usted-sabe parece haber
desaparecido al fin, los muggles lo descubran todo sobre nosotros. Porque
realmente se ha ido, ¿no, Dumbledore?
Todos se inclinaron hacia adelante para escuchar mejor. Mientras
el trío se miraban entre sí, ellos sabían que no se había ido, no del todo.
—Es lo
que parece —dijo Dumbledore—. Tenemos mucho que agradecer. ¿Le gustaría tomar
un caramelo de limón?
— ¿Qué es eso?—preguntó Ron
— ¿Un
qué?
—Un
caramelo de limón. Es una clase de dulces de los muggles que me gusta
mucho.
— ¿Tu los comes Hermione?—pregunto Ron
—Bueno sí los he probado—respondió la chica—pero no son mis
favoritos.
—No,
muchas gracias —respondió con frialdad la profesora McGonagall, como si
considerara que aquél no era un momento apropiado para caramelos—. Como le
decía, aunque Quien-usted-sabe se haya ido...
—Siempre hay momentos para dulces profesora—se quejó Titán.
Sus amigos se reían a carcajadas— ¡No se reían!—exclamó de brazos cruzados
haciendo pucheros. La mayoría veían entre extrañados y divertidos al trío.
—aquí mi compañero—dice Claws— es adicto a los dulces, tanto
mágicos como muggles.
—Espera, espera—dice George—
— ¿Un Malfoy adicto a dulces muggles?—completo Fred
— ¡FIN DE MUNDO!—exclamaron ambos.
— ¿Ese niño es mi nieto?—pregunto la Sra. Malfoy
levantándose de su asiento y yendo hacia donde estaba los chicos. Éstos
sestaban nerviosos, no debían saber sus identidades. Draco, se encontraba en
shock, había escuchado que pudiera ser su hijo pero no lo había tomado en
serio, porque vamos, ¿su hijo en contra del Sr Oscuro? ¿Amigo de una Weasley?
¿En contacto con muggles? No puede ser. El Sr Malfoy no estaba mejor que su
hijo.
Narcisa llego
hasta donde se encontraba y lo estrecho entre sus brazos, el chico solo pudo
responder abrazándola también.
—Les dijimos que no todo rubio es un Malfoy—recuperó la voz
Claws.
— ¿Estás diciendo que no es mi hijo?—pregunto Draco.
—Así es Sr. Malfoy, no es su hijo—le aseguro Reddish.
La Sra. Narcisa al escuchar eso soltó al muchacho y lo vio a
los ojos, tan parecidos a los de su hijo.
—Disculpa mi atrevimiento entonces—le dijo.
—No se preocupe Sra. Malfoy, puede abrazarme siempre que
quiera—le respondió el muchacho de forma arrogante. Y la mujer no le cupo la
menor duda que era su nieto, así que nuevamente lo abrazó para confusión de
todos incluso de su familia—No se lo digas a papá, las cosas en el futuro
cambiaron, tranquila, la oscuridad fue vencida, y los ideales de papá se vieron
cambiados gracias a mama, y en esta época papá no estaría de acuerdo en cómo es
mi vida y quienes son mis amigos. —Le murmuró tan bajo para que solo la mujer
escuchara.
— ¿Son felices?—le pregunto en el mismo tono bajo
—Bastante. Sin embargo, hay cosas que podemos evitar desde
esta fecha. Todo te lo explicare luego. Nos vemos al finalizar la lectura de
hoy.
Finalmente la mujer lo soltó. Y se dirigió a su mesa, donde
su esposo la miró de forma interrogante y ella solo negó con la cabeza. Mientras,
Claws y Reddish hablaban con Titán en susurros.
—Tu debilidad siempre ha sido tu abuela Titán—le dijo Claws
con una sonrisa.
—Lo siento, no pude contenerme luego de que me abrazó—confesó
el chico
—Te entendemos—le dijo Reddish tomando su mano—nosotros
también quisiéramos abrazar a nuestras familias. Sin embargo a penas iniciamos
esta misión, debemos culminarla.
Se habían creado conversaciones entre grupos sobre lo
ocurrido.
— ¿Creen que ese chico si sea hijo de Malfoy?—pregunto Ron a
sus dos amigos
—No lo sé, Reddish dice que no, pero está el asunto que no
quieren que sepan sus identidades, a lo mejor mintió—dice Harry.
— ¿Qué creen que ocultan?—preguntó Hermione
—No lo sé—dice Ron—pero hay algo extraño en ellos, no sé que
es.
—Me pasa igual—dice Hermione mirando a los chicos
—Parece que tenemos un misterio que resolver—dice Harry con
una sonrisa divertida
—No sé si sea buena idea—habla Ron
— ¡Vamos!—los alienta Harry— ¿qué puede pasar en el futuro
que no nos agrade si la guerra terminó?
—Puede que tengas razón—dice Hermione. Sus amigos la ven
boquiabierta— ¿Qué? Solo tengo curiosidad—dice la chica algo sonrojada
—Muy bien, no se diga mas—exclama Harry, justo cuando se
retomaba la lectura.
—Mi
querida profesora, estoy seguro de que una persona sensata como usted puede
llamarlo por su nombre, ¿verdad? Toda esa tontería de Quien-usted- sabe...
Durante once años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su
verdadero nombre, Voldemort. —La profesora McGonagall se echó hacia atrás con
temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció
no darse cuenta—. Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo
«Quien-usted-sabe». Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el
nombre de Voldemort.
—No todos somos como usted profesor—se quejó un chico de
Gryffindor.
—Sé que
usted no tiene ese problema —observó la profesora McGonagall, entre la
exasperación y la admiración—. Pero usted es diferente. Todos saben que usted
es el único al que Quien-usted... Oh, bueno, Voldemort, tenía miedo.
—Me
está halagando —dijo con calma Dumbledore—. Voldemort tenía poderes que yo
nunca tuve.
—Sólo
porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos.
—Menos
mal que está oscuro. No me he ruborizado tanto desde que la señora Pomfrey me
dijo que le gustaban mis nuevas orejeras.
Todo el comedor estallo en carcajadas.
La
profesora McGonagall le lanzó una mirada dura, antes de hablar.
—Las
lechuzas no son nada comparadas con los rumores que corren por ahí. ¿Sabe lo
que todos dicen sobre la forma en que desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo
detuvo?
Todos prestaron especial atención.
Parecía
que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa estaba por
discutir,
El gran comedor estaba expectante.
la verdadera razón por la que había esperado
todo el día en una fría pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado
nunca a Dumbledore con tal intensidad como lo hacía en aquel momento.
La tensión era palpable, todos pendiente a lo que revelaría
el profesor Dumbledore.
Era evidente
que, fuera lo que fuera «aquello que todos decían», no lo iba a creer hasta que
Dumbledore le dijera que era verdad. Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo
otro caramelo y no le respondió.
— ¡Profesor!—se quejaron
algunos exasperados. Dumbledore los miraba divertidos.
—Lo que
están diciendo —insistió— es que la pasada noche Voldemort apareció en el valle
de Godric. Iba a buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter
están... están... bueno, que están muertos.
Dumbledore
inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.
—Lily y
James... no puedo creerlo... No quiero creerlo... Oh, Albus...
—Gracias profesora—dijo Harry triste recordando a sus
padres. Hermione y Ron lo tomaron cada uno por un brazo, reconfortándolo,
haciéndole saber que estaban con él, Harry se los agradeció.
La profesora inclinó la cabeza con los ojos anegados en
lágrimas. Se acordaba de aquel día, en el que le llego ese rumor y no quería
creerlo, que dos de sus mejores estudiantes, y posteriormente amigos, hayan
perecido a manos de ese ser sin escrúpulos, y como había quedado un pequeño sin
su padres.
Sirius y Remus no estaban mejor que la profesora, recordaban
a su amigo, las bromas que hicieron juntos, los problemas en los que se
metieron, las largas noches de consuelo cuando la pelirroja lo rechazaba, la
felicidad que lo embargo cuando Lily accedió a salir con él y posteriormente a
casarse, la llegada del cachorro. Recordaban todo de su amigo, pero también de
Lily, la chica hija de muggles que se hizo tan indispensable para ellos cuando
se hicieron amigos. Les dolía no haber podido ayudarlos, les dolía no haber
podido salvarlos.
Severus Snape estaba con su rostro y frialdad imperturbable,
sin embargo por dentro era un manojo de nervios, de tristeza, de rabia
contenida, y de odio, por no haber podido salvar a su Lily. Muchas veces se
planteó el cómo sería su vida de diferente si no se hubiera alejado de su
amiga, a pesar de ella estar con Potter, pensó con rabia, podría haber sido un
mejor amigo, y no aquel que la insultó. Se sentía culpable.
Dumbledore
se acercó y le dio una palmada en la espalda.
—Lo
sé... lo sé... —dijo con tristeza.
La voz
de la profesora McGonagall temblaba cuando continuó.
—Eso no
es todo. Dicen que quiso matar al hijo de los Potter, a Harry. Pero no pudo. No
pudo matar a ese niño. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no pudo
matarlo, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se
ha ido.
Todos contemplaron a Harry, algunos con incredulidad, otros
con sorpresa, otros con curiosidad. Sin embargo, el chico seguía con la cabeza
gacha entre sus dos amigos que murmuraban palabras para consolarlo.
Dumbledore
asintió con la cabeza, apesadumbrado.
— ¿Es...
es verdad? —Tartamudeó la profesora McGonagall—. Después de todo lo que hizo...
de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a un niño? Es asombroso... entre
todas las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivió Harry en nombre
del cielo?
—Sólo
podemos hacer conjeturas —dijo Dumbledore—. Tal vez nunca lo sepamos.
—Con estos libros sabrán el porque—dijo Claws
distraídamente. Sin embargo, solo Harry lo escuchó, e hizo que levantara la
vista y la enfocara en el chico, el cual le devolvió la mirada, y sin que nadie
se diera cuenta gesticuló una palabra: ÁNIMO; y le guiñó un ojo, Harry sólo le
sonrió y gesticuló un GRACIAS.
La
profesora McGonagall sacó un pañuelo con puntilla y se lo pasó por los ojos,
por detrás de las gafas. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro del
bolsillo y lo examinaba. Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas y ningún
número; pequeños planetas se movían por el perímetro del círculo. Pero para
Dumbledore debía de tener sentido, porque lo guardó y dijo:
—Hagrid
se retrasa. Imagino que fue él quien le dijo que yo estaría aquí, ¿no?
—Sí
—dijo la profesora McGonagall—. Y yo me imagino que usted no me va a decir por
qué, entre tantos lugares, tenía que venir precisamente aquí.
—He
venido a entregar a Harry a su tía y su tío. Son la única familia que le queda
ahora.
— ¿QUÉ?—Gritaron todos. Los Slythering se avergonzaron
después por ese arrebato que tuvieron, pero eso no lo notó el resto. Algunos
miraban al director como si estuviera loco, otros como con ganas de matarlo.
— ¿Con estas personas vives Harry?—Preguntó Sirius entre
dientes.
—eh, bueno, si—terminó aceptando avergonzado.
—Pero si lo odian—se quejó Hermione— ¿cómo lo pudo dejar con
ellos?
—Exacto—Dijo el Sr Weasley—creo que se podría haber hecho
una mejor evaluación sobre con quien dejar a Harry, por muy familia que sean.
Harry lo miro agradecido.
—
¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a la gente que vive aquí! —Gritó la
profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando al número 4—. Dumbledore...
no puede. Los he estado observando todo el día. No podría encontrar a gente más
distinta de nosotros. Y ese hijo que tienen... Lo vi dando patadas a su madre
mientras subían por la escalera, pidiendo caramelos a gritos. ¡Harry Potter no puede
vivir ahí!
—Gracias profesora, por intentarlo—Harry le dedicó una
sonrisa triste. Todos sabrían que no se había podido defender de los maltratos
que ha estado recibiendo en esa casa.
Sirius y Remus tenían semblantes oscuros. Ellos sabían cómo
Petunia maltrataba a Lily por algunas frases que lograban sacarle a James, y no
creían que hay cambiado con Harry.
Los compañeros de casa de Harry lo miraban sin poder creer
que él estuviera viviendo con unos muggles que odiaran de tal manera la magia y
a sus padres.
—Es el
mejor lugar para él —dijo Dumbledore con firmeza—. Sus tíos podrán explicárselo
todo cuando sea mayor. Les escribí una carta.
Todos miraron al profesor boquiabiertos.
—No fue la mejor decisión profesor—dijo Harry forzando una
sonrisa. Lo miraron sin comprender.
— ¿Una
carta? —repitió la profesora McGonagall, volviendo a sentarse—. Dumbledore, ¿de
verdad cree que puede explicarlo todo en una carta? ¡Esa gente jamás
comprenderá a Harry! ¡Será famoso... una leyenda... no me sorprendería que el
día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter! Escribirán
libros sobre Harry... todos los niños del mundo conocerán su nombre.
Todos estallaron en carcajadas
—Profesora, no se le da mal la adivinación—dijeron los
gemelos
Las risas no paraban, la gran
mayoría sabía que la profesora McGonagall odiaba la adivinación porque no era
una ciencia exacta.
—Exactamente
—dijo Dumbledore, con mirada muy seria por encima de sus gafas—. Sería
suficiente para marear a cualquier niño. ¡Famoso antes de saber hablar y andar!
¡Famoso por algo que ni siquiera recuerda! ¿No se da cuenta de que será mucho
mejor que crezca lejos de todo, hasta que esté preparado para asimilarlo?
—Esta vez el profesor consiguió
un punto—dijeron ambos gemelos.
La
profesora McGonagall abrió la boca, cambió de idea, tragó y luego dijo:
—Sí...
sí, tiene razón, por supuesto. Pero ¿cómo va a llegar el niño hasta aquí,
Dumbledore? —De pronto observó la capa del profesor, como si pensara que podía
tener escondido a Harry.
—Hagrid
lo traerá.
— ¿Le
parece... sensato... confiar a Hagrid algo tan importante como eso?
— ¡POR SUPUESTO!—Exclamaron el trío de oro y el del futuro.
Hagrid se ruborizó.
—A
Hagrid, le confiaría mi vida—dijo Dumbledore.
Hagrid miró agradecido al profesor.
—No
estoy diciendo que su corazón no esté donde debe estar —dijo a regañadientes la
profesora McGonagall—. Pero no me dirá que no es descuidado. Tiene la costumbre
de... ¿Qué ha sido eso?
Un
ruido sordo rompió el silencio que los rodeaba. Se fue haciendo más fuerte mientras
ellos miraban a ambos lados de la calle, buscando alguna luz. Aumentó hasta ser
un rugido mientras los dos miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto
cayó del aire y aterrizó en el camino, frente a ellos.
— ¡ES MI MOTO!—pego un brinco Sirius— ¿Aún la tienes
Hagrid?—preguntó con los ojos brillando de emoción.
—La regresé a donde la guardabas Sirius—le respondió Hagrid,
quiñando un ojo
—Genial—exclamo Sirius aplaudiendo.
La moto
era inmensa, pero si se la comparaba con el hombre que la conducía parecía un
juguete. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco veces más
ancho. Se podía decir que era demasiado grande para que lo aceptaran y además,
tan desaliñado... Cabello negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi
toda la cara. Sus manos tenían el mismo tamaño que las tapas del cubo de la
basura y sus pies, calzados con botas de cuero, parecían crías de delfín. En
sus enormes brazos musculosos sostenía un bulto envuelto en mantas.
— ¡Me gustan estas descripciones!—exclamó Dumbledore.
—Hagrid
—dijo aliviado Dumbledore—. Por fin. ¿Y dónde conseguiste esa moto?
—Me la
han prestado; profesor Dumbledore —contestó el gigante, bajando con cuidado del
vehículo mientras hablaba—. El joven Sirius Black me la dejó. Lo he traído,
señor.
— ¿No
ha habido problemas por allí?
—No,
señor. La casa estaba casi destruida, pero lo saqué antes de que los muggles
comenzaran a aparecer. Se quedó dormido mientras volábamos sobre Bristol.
Dumbledore
y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas.
Entre
ellas se veía un niño pequeño, profundamente dormido. Bajo una mata de pelo
negro azabache, sobre la frente, pudieron ver una cicatriz con una forma
curiosa, como un relámpago.
— ¿Fue
allí...? —susurró la profesora McGonagall.
—Sí —respondió
Dumbledore—. Tendrá esa cicatriz para siempre.
— ¿No
puede hacer nada, Dumbledore?
—Aunque
pudiera, no lo haría. Las cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una en la
rodilla izquierda que es un diagrama perfecto del metro de Londres.
Todos hicieron muecas de desagrado.
Bueno,
déjalo aquí, Hagrid, es mejor que terminemos con esto. Dumbledore se volvió
hacia la casa de los Dursley
— ¿No se referirá a dejar a mi ahijado a media noche solo
frente una casa donde no lo quieren verdad?—preguntó Sirius mortalmente serio.
—
¿Puedo... puedo despedirme de él, señor? —preguntó Hagrid.
Inclinó
la gran cabeza desgreñada sobre Harry y le dio un beso, raspándolo con la
barba. Entonces, súbitamente, Hagrid dejó escapar un aullido, como si fuera un
perro herido.
— ¡Shhh!
—dijo la profesora McGonagall—. ¡Vas a despertar a los muggles!
—Lo...
siento —lloriqueó Hagrid, y se limpió la cara con un gran pañuelo—Pero no puedo
soportarlo... Lily y James muertos... y el pobrecito Harry tendrá que vivir con
muggles...
El trío de oro miró con cariño a Hagrid.
—Sí,
sí, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o van a descubrirnos — susurró
la profesora McGonagall, dando una palmada en un brazo de Hagrid, mientras
Dumbledore pasaba sobre la verja del jardín e iba hasta la puerta que había
enfrente. Dejó suavemente a Harry en el umbral, sacó la carta de su capa, la
escondió entre las mantas del niño y luego volvió con los otros dos.
—Lunático dime que no lo hizo—dijo Sirius
—Tal parece que sí canuto—respondió Remus empuñando sus
manos.
Durante
un largo minuto los tres contemplaron el pequeño bulto. Los hombros de Hagrid
se estremecieron. La profesora McGonagall parpadeó furiosamente. La luz
titilante que los ojos de Dumbledore irradiaban habitualmente parecía haberlos
abandonado.
—Bueno
—dijo finalmente Dumbledore—, ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será
mejor que nos vayamos y nos unamos a las celebraciones.
—Ajá
—respondió Hagrid con voz ronca—. Voy a devolver la moto a Sirius. Buenas
noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore.
Hagrid
se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la moto y le dio
una patada a la palanca para poner el motor en marcha. Con un estrépito se
elevó en el aire y desapareció en la noche.
—Nos
veremos pronto, espero, profesora McGonagall —dijo Dumbledore, saludándola con
una inclinación de cabeza. La profesora McGonagall se sonó la nariz por toda
respuesta. Dumbledore se volvió y se marchó calle abajo. Se detuvo en la
esquina y levantó el Apagador de plata. Lo hizo funcionar una vez y todas las
luces de la calle se encendieron, de manera que Privet Drive se iluminó con un
resplandor anaranjado, y pudo ver a un gato atigrado que se escabullía por una
esquina, en el otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas de
las escaleras de la casa número 4.
—Buena
suerte, Harry —murmuró. Dio media vuelta y, con un movimiento de su capa,
desapareció.
— ¿COMO VA A DEJAR A MI AHIJADO ASÍ? ¿Qué CLASE DE
RAZONAMIENTO UTILIZÓ PARA NO HABLAR EN PERSONA CON LOS DURSLEY?—explotó Sirius.
Los ojos de Remus centellaban de furia, intentaba calmarse en vano.
El comedor se sumió en un silencio profundo.
—Calma Sirius—le dijo Harry— no es para tanto.
—No es para tanto—repitió Sirius incrédulo— ¿Cómo QUE NO ES
PARA TANTO? ERAS UN BEBE.
—YA BASTA. —Alzo la voz—Los profesores hicieron lo que
creyeron conveniente en ese momento, no digo que me agrade la idea, pero estoy
seguro que tía Petunia y tío Vernon los hubiesen echado sin ni siquiera
escucharlos. Ahora te vas a sentar y seguiremos leyendo tranquilamente.
—Sirius respiró profundo y se sentó. Mientras Remus y los
más cercanos a Harry trataban de calmarse.
Una
brisa agitó los pulcros setos de Privet Drive. La calle permanecía silenciosa
bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar donde uno esperaría que
ocurrieran cosas asombrosas. Harry Potter se dio la vuelta entre las mantas,
sin despertarse. Una mano pequeña se cerró sobre la carta y siguió durmiendo,
sin saber que era famoso, sin saber que en unas pocas horas le haría despertar
el grito de la señora Dursley, cuando abriera la puerta principal para sacar
las botellas de leche. Ni que iba a pasar las próximas semanas pinchado y
pellizcado por su primo Dudley... No podía saber tampoco que, en aquel mismo
momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban
levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: « ¡Por Harry Potter... el
niño que vivió!».
—Fin del Capítulo—anunció Reddish. Sin embargo los ánimos no
habían mejorado, muchos veían al director indignados, otros molesto, pero no se
atrevieron a volver a decir algo. Simplemente todos quedaron en silencio. — ¿Y
bien?—continuó— ¿quién quiere leer?
—Yo leeré Srita. Reddish—respondió la profesora
McGonagall—El capítulo 2 es: EL VIDRIO
QUE SE DESVANECIÓ.
Eso fue suficiente para que Harry rompiera a reír a
carcajadas.
— ¿Harry?—pregunto Ron
—Lo siento, solo me acorde de lo que pasó con ese vidrio
— ¿Magia accidental cachorro?—preguntó Sirius
—oh si—respondió Harry con una sonrisa divertida que solo
fue correspondida por el trío del futuro.