Translate

miércoles, 21 de diciembre de 2016

EL NIÑO QUE VIVIÓ

Todo Texto en NEGRITA que leen, son de los libros de la Saga Harry Potter, y pertenecen a la Increíble J. K. Rowling. Les comparto esta historia de una forma divertida. Saludos, Nos estamos Leyendo.

El Trío de Oro se lanzaron miradas preocupadas y nerviosas. Todo lo que paso ese año no fue nada agradable para unos niños, y ahora los profesores se enterarían en los problemas que se habían metido.
— ¿Qué ocurre cachorro?—Le pregunta Sirius— ¿Hay algo por lo que deba preocuparme?—le miraba sospechosamente
— ¿Qué?, eh, no, no, Sirius, no es nada—le responde entrecortadamente Harry
—Cachorro, sabes que puedes confiar en mí, tranquilo que con que estos libros vamos a poder acabar con Voldemort, y no tendrás de que preocuparte—le dice sonriendo. Harry lo mira, y puede sentirse un poco menos inquieto, pero no puede evitar pensar como reaccionaria al enterarse de que él ya ha luchado dos veces más con Voldemort.
—No pasa nada Harry, estamos los tres juntos en esto—le dice Hermione
—Claro que si colega—habla Ron—aunque es muy probable que mi mama nos regañe por lo que hemos hecho estos años, o que le hagamos dar un infarto, pero creo que es peor tenerla aquí a que me envíe un vociferador—dice con cara de terror.
— ¡Ronald!—reprende Hermione—No estás ayudando.
—Pero si es verdad, tú porque no tienes a tus padres aquí, pero imagínate los míos lo que me dirán, o peor me castigaran.
Harry lanzo una carcajada al ver a sus dos amigos discutir como siempre, ellos lo vieron reír de esa forma y se unieron a sus risas, mientras que el resto del comedor no entendía por qué se reían de esa manera.
Reddish los miro divertida. Nunca pensó que los vería actuar de esa forma, a pesar de estar en esta época, y ser más maduros que los jóvenes de su edad, pueden actuar aún como adolescentes, con solo preocuparse por los castigos que les pueden dar por esa curiosidad bendita que tienen. Y eso le agradaba.
— ¿Listos?—Al ver que asentían, continuo—El capitulo se llama El niño que vivió.
El señor y la señora Dursley,
Ese apellido me suena— dice Sirius con aire pensativo. Harry se tenso en su sitio.
—Creo que sé de donde, pero no estoy seguro—le respondió Remus
que vivían en el número 4 de Privet Drive,
¿Qué es eso?—pregunto un niño de primer curso
—Es una localidad de muggles—responde Claws. Los Sangre Pura hicieron muecas de asco.
— ¿Qué tiene esto que ver con el Señor Oscuro?—pregunto un Slythering
estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente. Eran las últimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías.
— ¿Escuchas lo que yo, George?—habla Fred
— ¿Qué lo extraño y misterioso es una tontería? Si lo escucho Fred—dice George—Su vida debe ser un aburrimiento total.
— eh Percy. ¿No serán familia tuya?—el hermano mayor los miro de forma severa, mientras los demás estallaban en risas.
El señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros.
— ¿Talazo? ¿Es una herramienta Muggle?—pregunto el Sr. Weasley a Hermione. Muchos Sangre Puras lo agradecieron mentalmente, ya que tampoco sabían lo que era.
—Ta-la-dro, y si. Es una herramienta muggle, sirve para abrir agujeros, básicamente esa es su función principal, sin embargo…
— ¡Hermione! Debemos seguir con la lectura—le dice Harry divertido, al ver el entusiasmo de la chica por explicar todo lo que sabe.
Era un hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso.
Iug!—las chicas hicieron muecas de asco al imaginarse un hombre así.
—Mi foquita encantada— dice Reddish rodando los ojos, muchos rieron por esto.
La señora Dursley era delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual,
Oh! Me enamore—Exclama George dramáticamente
—Siempre quise tener una cuñada Jirafa—Dice Fred. Todos estallaron en carcajadas.
lo que le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos.
—Ya entiendo Fred, si una persona estira tanto el cuello se convierte en jirafa.
—Tienes razón George, deben tener cuidado niños, no se espía a los vecinos, a menos…—dice en voz maternal. Muchos no se aguantaban la risa.
—Que quieran ser jirafa—completo su hermano. Ahora si estallaron a carcajadas.
Los Dursley tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño mejor que él.
—Si un cerdo y una jirafa se juntan—dice pensativo Sirius— ¿Qué daría como hijo?
—Cerafa— Respondió Remus.
Los Dursley tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que lo descubriesen: no habrían soportado que se supiera lo de los Potter.
— ¿Que quiere decir con eso?—pregunto Sirius empuñando las manos.
—Ya sé de donde nos sonaba el apellido—dijo entre dientes Remus
La señora Potter era hermana de la señora Dursley,
— ¿Qué?—grito la mayoría del gran comedor.
— ¿Ellos son tus tíos Harry?—le preguntó Neville. Harry asintió tenso.
pero no se veían desde hacía años; tanto era así que la señora Dursley fingía que no tenía hermana,
— ¿Cómo puede fingir que no tiene hermana?—preguntaron algunos indignados.
porque su hermana y su marido, un completo inútil,
— ¡JAMES NO ERA NINGUN INUTIL!—Exclamaron indignados Remus y Sirius, Harry tenía sus manos empuñadas, Hermione se las tomo para relajarlo, mientras Ron le daba palmeadas en la espalda.
—Sí claro—dijo Snape por lo bajo.
eran lo más opuesto a los Dursley que se pudiera imaginar.
—Gracias a Merlín—dijeron Harry, Sirius y Remus.
Los Dursley se estremecían al pensar qué dirían los vecinos si los Potter apareciesen por la acera.
—Estaría encantados con Lily y James—Dice Remus
Sabían que los Potter también tenían un hijo pequeño, pero nunca lo habían visto. El niño era otra buena razón para mantener alejados a los Potter: no querían que Dudley se juntara con un niño como aquél.
—Como si yo quisiera juntarme con él—dice Harry poniendo los ojos en blanco.
Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región.
— ¿Qué acontecimientos?—Preguntó la profesora McGonagall
—Más adelante lo sabrá profesora—Respondió Titán.
El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo, y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta.
—Una mañana normal en la casa de foca y la jirafa—dice Fred. Muchos soltaron risitas por lo bajo.
Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.
— ¿Lechuza?—exclamaron los hijos de muggles
— ¿Qué hay de raro?—pregunto Ron
—En el mundo muggle es muy extraño ver lechuzas en el día—respondió Hermione con ceño fruncido.
A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes. «Tunante», dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa. Se metió en su coche y se alejó del número 4.
— ¿Cómo puede apoyarle los berrinches a su hijo?—preguntaron indignadas Molly Weasley y Narcisa Malfoy. Los hijos de ambas las vieron con un poco de temor, ya que cuando se molestaban eran de temer.
Al llegar a la esquina percibió el primer indicio de que sucedía algo raro: un gato estaba mirando un plano de la ciudad.
—Un gato normal no hace eso—dice Ron
— ¿Acaso existen gatos anormales?—pregunto Hermione sarcásticamente. Los tres chicos del futuro se rieron de tal manera que los demás los vieron extrañados.
— ¿Qué ocurre?—pregunta Harry.
—Lo siento—dice Claws con pequeñas sonrisas divertidas—Nos acordamos de una discusión parecida.
— ¿y? ¿De qué es?—pregunta Sirius ansioso
—Bueno veras Canuto—dice Reddish, Sirius abre los ojos, sorprendido— ¿Puedo decirte así no?
—Sí, Claro, solo que no sabía que supiesen mi apodo.
—Sabemos todo de ustedes—Responde Titán—Tenemos, mmm, ¿Cómo decirlo? Familia y amigos, que son sus seguidores, ya saben—les guiña un ojo divertido. Sirius y Remus sonríen también de forma divertida.
—Como les estaba diciendo, en una clase nuestra, de Transformaciones, nos estaban enseñando por pareja, a transformar objetos en animales, y hay dos chicos que son como ellos dos—señalo a Ron y Hermione—se la pasan discutiendo la mayor parte del tiempo, y cuando fue su turno de hacer la practica les toco transformar la mesa en un gato, al momento de hacer el hechizo, como estaban discutiendo, no estaban del todo concentrados. El resultado final: el gato con cuerpo de mesa—Todos estallaron en carcajadas.
—Al salir de clase, el chico le dijo: un gato normal no es así ¿no? Y la chica respondió igual que Hermione—explico Titán.
Tardó un rato en el que se calmaran, ya que los tres chicos del futuro no paraban de reír. Luego, Reddish continúo con la lectura.
Durante un segundo, el señor Dursley no se dio cuenta de lo que había visto, pero luego volvió la cabeza para mirar otra vez. Sí había un gato atigrado en la esquina de Privet Drive, pero no vio ningún plano. ¿En qué había estado pensando? Debía de haber sido una ilusión óptica.
—Bueno, ya sabemos lo que no hace un gato normal—dice Fred
—Entonces, ¿un gato anormal sabe leer plano?—pregunta George, mirando burlonamente a su hermano pequeño, este los miro molesto.
El señor Dursley parpadeó y contempló al gato. Éste le devolvió la mirada.
—Bien, esto es algo extraño—dice Tonks con el ceño fruncido.
Mientras el señor Dursley daba la vuelta a la esquina y subía por la calle, observó al gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el felino estaba leyendo el rótulo que decía «Privet Drive» (no podía ser, los gatos no saben leer los rótulos ni los planos).
—EXACTO, pero los gatos anormales si—dijeron en conjunto los gemelos. Todos se rieron nuevamente por sus ocurrencias.
El señor Dursley meneó la cabeza y alejó al gato de sus pensamientos. Mientras iba a la ciudad en coche no pensó más que en los pedidos de taladros que esperaba conseguir aquel día.
Pero en las afueras ocurrió algo que apartó los taladros de su mente. Mientras esperaba en el habitual embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran cantidad de gente vestida de forma extraña. Individuos con capa.
— ¿Capas?—preguntaron los hijos de muggles y mestizos.
— ¿Qué?—preguntaron los sangre puras.
—Los muggles no usan capas desde la era medieval—dice Hermione rodando los ojos—son consideradas como anticuadas y ridículas—Los sangre Pura la miraron ofendidos.
El señor Dursley no soportaba a la gente que llevaba ropa ridícula.
— ¿Lo ven? ¡No soy yo la que lo dice!—exclama Hermione cruzada de brazos.
¡Ah, los conjuntos que llevaban los jóvenes! Supuso que debía de ser una moda nueva. Tamborileó con los dedos sobre el volante y su mirada se posó en unos extraños que estaban cerca de él. Cuchicheaban entre sí, muy excitados. El señor Dursley se enfureció al darse cuenta de que dos de los desconocidos no eran jóvenes. Vamos, uno era incluso mayor que él, ¡y vestía una capa verde esmeralda! ¡Qué valor!
— ¡Esas pegsonas pagecen magos!—exclama Madame Maxime.
— ¡Están llamando la atención!—exclama Sra. Weasley.
Pero entonces se le ocurrió que debía de ser alguna tontería publicitaria; era evidente que aquella gente hacía una colecta para algo. Sí, tenía que ser eso. El tráfico avanzó y, unos minutos más tarde, el señor Dursley llegó al aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los taladros.
El señor Dursley siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su oficina del noveno piso. Si no lo hubiera hecho así, aquella mañana le habría costado concentrarse en los taladros. No vio las lechuzas que volaban en pleno día, aunque en la calle sí que las veían y las señalaban con la boca abierta, mientras las aves desfilaban una tras otra. La mayoría de aquellas personas no había visto una lechuza ni siquiera de noche. Sin embargo, el señor Dursley tuvo una mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a cinco personas. Hizo llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar. Estuvo de muy buen humor hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas y dirigirse a la panadería que estaba en la acera de enfrente.
—Guao, que día tan normal el de una foca—dice George. Sin embargo, los profesores y los mayores, estaban extrañados y preocupados por ese descarado comportamiento. Se estaba colocando el secreto de la Magia en bandeja de plata a los muggles para que los descubriera.
Había olvidado a la gente con capa hasta que pasó cerca de un grupo que estaba al lado de la panadería. Al pasar los miró enfadado. No sabía por qué, pero le ponían nervioso. Aquel grupo también susurraba con agitación y no llevaba ni una hucha. Cuando regresaba con un donut gigante en una bolsa de papel, alcanzó a oír unas pocas palabras de su conversación.
—Los Potter, eso es, eso es lo que he oído...
—Sí, su hijo, Harry...
— ¿Qué pasa con mi ahijado?—pregunta Sirius
—Canuto, ¿no será aquel día?—dice Remus algo pálido.
—No puede ser—dice Sirius, pálido también.
— ¿Qué día?—preguntó Harry. Sirius y Remus se miraron, luego lo miraron a él pero no contestaron.
El señor Dursley se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia los que murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo.
Se apresuró a cruzar la calle y echó a correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su secretaria que no quería que le molestaran, cogió el teléfono y, cuando casi había terminado de marcar los números de su casa, cambió de idea. Dejó el aparato y se atusó los bigotes mientras pensaba... No, se estaba comportando como un estúpido.
— ¡Que novedad!—exclamaron los Slythering
Potter no era un apellido tan especial.
—Para nada—dice Draco Malfoy
— ¿Es idea mía, o Malfoy está de acuerdo con un muggle?—pregunto Ron
—eh, no. No es idea tuya—le respondió Harry. Todos voltearon a ver a Draco, extrañados.
Estaba seguro de que había muchísimas personas que se llamaban Potter y que tenían un hijo llamado Harry. Y pensándolo mejor, ni siquiera estaba seguro de que su sobrino se llamara Harry. Nunca había visto al niño.
— ¿No lo conocía?—preguntaron a voz unánime
—No—Respondió Remus—Petunia, la hermana de Lily, se llevaba mal con ella.
—Mal es poco lunático, se llevaban pésimo, Petunia odiaba a Lily—respondió Sirius—el caso, es que ella se alejo de Lily, hasta le quitó el habla, bueno eso lo escucharon aquí, se pueden imaginar la relación.
—Pero ¿Por qué? Si eran hermanas—pregunto un chico de Ravenclaw
—No lo sé, solo sé que su relación era muy mala—Respondió Remus.
Snape, no comentaba nada, pero él sabía porque la relación de las hermanas se deterioro tanto, y lo mucho que sufrió Lily por eso.
Podría llamarse Harvey. O Harold.
Todos estallaron a carcajadas. Harry los miro indignados, para nada se llamaría así, gracias a Merlín que sus padres no estaban locos para colocarle un nombre tan horrible como alguno de esos.
—Harold—dice Fred dirigiéndose a Harry. Lo miro de arriba abajo—No te queda—las risas no paraban.
— ¡Por supuesto que no me queda!—exclamo Harry de brazos cruzados— ¿En qué pensaba tío Vernon al sugerir esos nombres?—Las carcajadas siguieron al verle fruncir el ceño y hacer pucheros, se veía como un niño haciendo berrinche.
—Espera, espera—dice George—Puede que Harvey si vaya contigo—Harry miró indignados a los gemelos y a sus amigos que no paraban de reír.
No tenía sentido preocupar a la señora Dursley, siempre se trastornaba mucho ante cualquier mención de su hermana. Y no podía reprochárselo. ¡Si él hubiera tenido una hermana así...! Pero de todos modos, aquella gente de la capa...
—A mi me hubiese encantado tener una hermana como Lily—dijo Sirius viendo a la nada—Ella siempre me regañaba cuando hacia algo malo, y me ayudaba siempre que lo necesitaba. No había mejor persona que Lily. —Tenía una sonrisa nostálgica, al igual que aquellas personas que la conocieron y sabían cómo era.
Snape no podía evitar pensar en su mejor amiga, estaba de acuerdo con Black, aunque no lo diría en voz alta, no existe una mejor persona que Lily, lo supo desde que la vio por primera vez, y lo reafirmaba cada día que estuvo con ella. Pero tuvo que enamorarse de ese Potter.
Aquella tarde le costó concentrarse en los taladros, y cuando dejó el edificio, a las cinco en punto, estaba todavía tan preocupado que, sin darse cuenta, chocó con un hombre que estaba en la puerta.
—Perdón —gruñó,
—Guao, se disculpó, esto es memorable—decía Harry— no creí que tío Vernon tuviera esa palabra en su diccionario—prosiguió pensativo. Mientras los cercanos lo miraban confusos.
mientras el diminuto viejo se tambaleaba y casi caía al suelo. Segundos después, el señor Dursley se dio cuenta de que el hombre llevaba una capa violeta. No parecía disgustado por el empujón. Al contrario, su rostro se iluminó con una amplia sonrisa, mientras decía con una voz tan chillona que llamaba la atención de los que pasaban:
— ¡No se disculpe, mi querido señor, porque hoy nada puede molestarme! ¡Hay que alegrarse, porque Quien-usted-sabe finalmente se ha ido! ¡Hasta los muggles como usted deberían celebrar este feliz día!
La gran mayoría estaba en shock.
—A ese día se referían—le dijo Harry desganado a Sirius y Remus.
Y el anciano abrazó al señor Dursley y se alejó.
El señor Dursley se quedó completamente helado. Lo había abrazado un desconocido. Y por si fuera poco le había llamado muggle, no importaba lo que eso fuera. Estaba desconcertado. Se apresuró a subir a su coche y a dirigirse hacia su casa, deseando que todo fueran imaginaciones suyas (algo que nunca había deseado antes, porque no aprobaba la imaginación).
— ¿Qué es la vida sin imaginación?—dice Ginny
Cuando entró en el camino del número 4, lo primero que vio (y eso no mejoró su humor) fue el gato atigrado que se había encontrado por la mañana.
—Algo pasa con ese gato.
—Creo saber quién es—comento Remus con una sonrisa divertida
—Es Minnie ¿cierto lunático?—dijo Sirius sonriendo ampliamente
—Creo que sí, solo he visto un gato con esas características, y es cuando Minnie se transforma en su forma animaga.
— ¡Señores Lupin y Black!—los reprendió McGonagall
En aquel momento estaba sentado en la pared de su jardín. Estaba seguro de que era el mismo, pues tenía unas líneas idénticas alrededor de los ojos.
— ¡Es Minnie!—exclamaron ambos merodeadores haciendo reír a unos cuantos. Mientras la profesora los miraba severamente
— ¡Fuera! —dijo el señor Dursley en voz alta.
El gato no se movió. Sólo le dirigió una mirada severa.
—En definitiva es usted profesora—Le dijo Harry. McGonagall le dio una sonrisa. Remus y Sirius lo miraron boquiabierta.
El señor Dursley se preguntó si aquélla era una conducta normal en un gato.
—Por supuesto que no—dice Titán rodando los ojos.
Trató de calmarse y entró en la casa. Todavía seguía decidido a no decirle nada a su esposa.
La señora Dursley había tenido un día bueno y normal. Mientras comían, le informó de los problemas de la señora Puerta Contigua con su hija, y le contó que Dudley había aprendido una nueva frase («¡no lo haré!»).
— ¡Que indignante! Criar a un hijo así—bufó Narcisa Malfoy con el ceño fruncido.
El señor Dursley trató de comportarse con normalidad. Una vez que acostaron a Dudley, fue al salón a tiempo para ver el informativo de la noche.
—Y por último, observadores de pájaros de todas partes han informado de que hoy las lechuzas de la nación han tenido una conducta poco habitual. Pese a que las lechuzas habitualmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas a la luz del día, se han producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas aves en todas direcciones, desde la salida del sol. Los expertos son incapaces de explicar la causa por la que las lechuzas han cambiado sus horarios de sueño. —El locutor se permitió una mueca irónica—. Muy misterioso. Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo. ¿Habrá más lluvias de lechuzas esta noche, Jim?
La mayoría de los estudiantes tenían la boca abierta de la sorpresa. Las chicas con una mano en la frente, definitivamente los muggles no son tontos ante tanta evidencia que dejaron los magos ese día.
—Bueno, Ted —dijo el meteorólogo—, eso no lo sé, pero no sólo las lechuzas han tenido hoy una actitud extraña. Telespectadores de lugares tan apartados como Kent, Yorkshire y Dundee han telefoneado para decirme que en lugar de la lluvia que prometí ayer ¡tuvieron un chaparrón de estrellas fugaces! Tal vez la gente ha comenzado a celebrar antes de tiempo la Noche de las Hogueras. ¡Es la semana que viene, señores! Pero puedo prometerles una noche lluviosa.
—Esto es demasiado—dijo un chico búlgaro. Muchos asintieron de acuerdo con él.
El señor Dursley se quedó congelado en su sillón. ¿Estrellas fugaces por toda Gran Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz del día? Y aquel rumor, aquel cuchicheo sobre los Potter...
—Parece que la foquita enlaza bien los acontecimientos—dice Titán. Sus amigos reían fuerte, y algunos tenían unas pequeñas sonrisas.
La señora Dursley entró en el comedor con dos tazas de té. Aquello no iba bien. Tenía que decirle algo a su esposa. Se aclaró la garganta con nerviosismo.
—Alguien esta sudando la gota gorda—dijo Claws en tono cantarín. Todos estaban riéndose. Titán y Claws chocaron las palmas y Reddish negaba con una sonrisa divertida. Los gemelos y merodeadores vieron a estos chicos con un brillo especial en los ojos.
—Eh... Petunia, querida, ¿has sabido últimamente algo sobre tu hermana?
Como había esperado, la señora Dursley pareció molesta y enfadada. Después de todo, normalmente ellos fingían que ella no tenía hermana.
Todos rodaron los ojos, algunos murmuraban cosas inentendibles.
—No —respondió en tono cortante—. ¿Por qué?
—Hay cosas muy extrañas en las noticias —masculló el señor Dursley—. Lechuzas... estrellas fugaces... y hoy había en la ciudad una cantidad de gente con aspecto raro...
—Definitivamente la foca piensa—dijeron los tres chicos del futuro.
— ¿Y qué? —interrumpió bruscamente la señora Dursley
—Alguien está enojada canuto—dice Remus
—Tal parece lunático—responde Sirius— ¿Tendrá el carácter de Lily?—pregunto con un estremecimiento. Remus reía a carcajadas limpias y Sirius se le unió después.
—Creo que me perdí—dice Harry
—Todos lo hicimos —comenta Ron.
—Lo que pasa querido sobrino—dice Remus—es que tu madre tenía un carácter de temer cuando se molestaba.
—y normalmente yo era el objetivo de su furia—comento Sirius con un nuevo estremecimiento. Remus no para de reír. —Basta Lunático—le dice con los brazos cruzados. Todos miraron extrañados a los dos amigos.
—Es que… Sirius, una vez le quito un libro a tu madre mientras leía—dice Remus mirando a Harry— y por accidente los estropeo; resulta que era el libro favorito de Lily, ella se molestó tanto que lo hechizó dejándolo colgado en el medio de la Sala Común de Gryffindor—a esta altura todos estaban riéndose a carcajadas—y eso no es todo, James intento ayudarlo y Lily lo amenazó con colgarlo a él también—las risas no paraban—eso fue antes del medio día, tu madre lo bajó cuando ya era hora de dormir. Nadie se atrevió a acercarse a canuto porque todos conocían el carácter de Lily—Nadie aguantaba las risas, de hecho los gemelos se cayeron de sus asientos uno arriba del otro. Algunas lloraban, otros se agarraban la barriga.
Cuando se calmó la gran mayoría, Reddish continuó con la lectura.
—Bueno, pensé... quizá... que podría tener algo que ver con... ya sabes... su grupo.
— ¿Su grupo?—exclamaron todos viendo ofendidos al libro
La señora Dursley bebió su té con los labios fruncidos. El señor Dursley se preguntó si se atrevería a decirle que había oído el apellido «Potter». No, no se atrevería.
—Que cobarde—dice Ginny rodando los ojos—parece más gallina que foca.
En lugar de eso, dijo, tratando de parecer despreocupado:
—El hijo de ellos... debe de tener la edad de Dudley, ¿no?
—Eso creo —respondió la señora Dursley con rigidez.
— ¿Y cómo se llamaba? Howard, ¿no?
Muchos rieron ante esto. Harry miraba indignado el libro, ¿cuántos nombres le invento tío Vernon?
—Harry. Un nombre vulgar y horrible, si quieres mi opinión.
La mayoría de Slythering, miraron hacia la mesa de Gryffindor con sonrisas burlonas, mientras Harry seguía de brazos cruzados y el ceño fruncido.
—Oh, sí—dijo el señor Dursley, con una espantosa sensación de abatimiento—. Sí, estoy de acuerdo.
No dijo nada más sobre el tema, y subieron a acostarse. Mientras la señora Dursley estaba en el cuarto de baño, el señor Dursley se acercó lentamente hasta la ventana del dormitorio y escudriñó el jardín delantero. El gato todavía estaba allí. Miraba con atención hacia Privet Drive, como si estuviera esperando algo.
— ¿Qué esperabas Minnie?—pregunto Sirius
—Sr. Black, no me llame así. —replicó la profesora. Sirius rodó los ojos.
¿Se estaba imaginando cosas? ¿O podría todo aquello tener algo que ver con los Potter? Si fuera así... si se descubría que ellos eran parientes de unos... bueno, creía que no podría soportarlo.
—Unos ¿qué?—dijeron algunos con el ceño fruncido.
—Magos—respondió Harry. Muchos empuñaron las manos.
Los Dursley se fueron a la cama. La señora Dursley se quedó dormida rápidamente, pero el señor Dursley permaneció despierto, con todo aquello dando vueltas por su mente. Su último y consolador pensamiento antes de quedarse dormido fue que, aunque los Potter estuvieran implicados en los sucesos, no había razón para que se acercaran a él y a la señora Dursley. Los Potter sabían muy bien lo que él y Petunia pensaban de ellos y de los de su clase... No veía cómo a él y a Petunia podrían mezclarlos en algo que tuviera que ver (bostezó y se dio la vuelta)... No, no podría afectarlos a ellos...
—Chicos, no creo que sea inteligente, ¿Cómo puede pensar que no van a tener nada que ver?—dijo Claws
¡Qué equivocado estaba!
—Por supuesto—exclamaron Reddish y Hermione. Ambas se sonrieron
El señor Dursley cayó en un sueño intranquilo, pero el gato que estaba sentado en la pared del jardín no mostraba señales de adormecerse.
— ¡Cuánta voluntad Minnie!—exclamaron los gemelos
— ¡Señores Weasley!—todos los aludidos voltearon—los gemelos—aclaró la profesora McGonagall—no permito que me llamen así
—Pero profesora—comenzó Fred.
—es un bonito apodo—continuo George
—el mejor que le queda—exclamaron los dos juntos.
—Señores Black y Lupin!—exclamó la profesora molesta—esto es responsabilidad de ustedes.
—Tranquila Minnie, solo nosotros y los gemelos podemos llamarla así—Dijo Sirius guiñando un ojo, los gemelos chocaron las palmas y Remus sonreía divertido. Mientras algunos reían por la cara de indignación de la profesora, y los gemelos eran regañados por su madre.
Estaba tan inmóvil como una estatua, con los ojos fijos, sin pestañear, en la esquina de Privet Drive. Apenas tembló cuando se cerró la puertezuela de un coche en la calle de al lado, ni cuando dos lechuzas volaron sobre su cabeza. La verdad es que el gato no se movió hasta la medianoche.
— ¿Tanto esperó?—los estudiantes estaban sorprendidos.
Un hombre apareció en la esquina que el gato había estado observando, y lo hizo tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra. La cola del gato se agitó y sus ojos se entornaron.
— ¡SE HA MOVIDO!—exclamaron el trío del futuro. Mientras los demás reían.
En Privet Drive nunca se había visto un hombre así. Era alto, delgado y muy anciano, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos que podría sujetarlos con el cinturón. Llevaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el suelo y botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes y centelleaban detrás de unas gafas de cristales de media luna. Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez. El nombre de aquel hombre era Albus Dumbledore.
—Muy buena descripción—acotó el  director sonriendo. Algunos rieron por lo bajo.
—Entonces Minnie, digo la profesora McGonagall, lo esperaba a usted profesor—dijo Harry.
—Así es Sr. Potter—dijo el director.
Albus Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en donde todo lo suyo, desde su nombre hasta sus botas, era mal recibido. Estaba muy ocupado revolviendo en su capa, buscando algo, pero pareció darse cuenta de que lo observaban porque, de pronto, miró al gato, que todavía lo contemplaba con fijeza desde la otra punta de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo. Rió entre dientes y murmuró:
—Debería haberlo sabido.
—La descubrieron profesora—dijo Harry con una sonrisa.
—Así parece Sr. Potter—respondió la profesora devolviendo la sonrisa. Los bromistas miraban a Harry boquiabierta.
Encontró en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de plata. Lo abrió, lo sostuvo alto en el aire y lo encendió. La luz más cercana de la calle se apagó con un leve estallido. Lo encendió otra vez y la siguiente lámpara quedó a oscuras.
—Guaooo!!—exclamaron todos
—Profesor, ¿podría conseguirme uno?—pregunto Ron
—Me temo que no Sr. Weasley. Es el único existente. Ron lo miro tristemente.
Doce veces hizo funcionar el Apagador, hasta que las únicas luces que quedaron en toda la calle fueron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba.
— ¡Impresionante!—dijo Ron con una mirada soñadora.
Si alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, aunque fuera la señora Dursley con sus ojos como cuentas, pequeños y brillantes, no habría podido ver lo que sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el Apagador dentro de su capa y fue hacia el número 4 de la calle, donde se sentó en la pared, cerca del gato. No lo miró, pero después de un momento le dirigió la palabra.
—Me alegro de verla aquí, profesora McGonagall.
— ¡JAH! Teníamos razón—exclamaron ambos merodeadores.
Se volvió para sonreír al gato, pero éste ya no estaba. En su lugar, le dirigía la sonrisa a una mujer de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada, que recordaban las líneas que había alrededor de los ojos del gato.
La mujer también llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un moño. Parecía claramente disgustada.
— ¿Cómo ha sabido que era yo? —preguntó.
—Mi querida profesora, nunca he visto a un gato tan tieso.
Todos estallaron a carcajadas. La profesora miro al director con una mirada severe, ya que el director estaba riendo también.
—Usted también estaría tieso si llevara todo el día sentado sobre una pared de ladrillo —respondió la profesora McGonagall.
—Punto a favor de Minnie—dijeron los gemelos
— ¿Todo el día? ¿Cuándo podría haber estado de fiesta? Debo de haber pasado por una docena de celebraciones y fiestas en mi camino hasta aquí.
La profesora McGonagall resopló enfadada.
—Oh, sí, todos estaban de fiesta, de acuerdo —dijo con impaciencia—. Yo creía que serían un poquito más prudentes, pero no... ¡Hasta los muggles se han dado cuenta de que algo sucede! Salió en las noticias. —Terció la cabeza en dirección a la ventana del oscuro salón de los Dursley—. Lo he oído. Bandadas de lechuzas, estrellas fugaces... Bueno, no son totalmente estúpidos. Tenían que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces cayendo en Kent... Seguro que fue Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido común.
—Otro punto a favor de Minnie—dijo Fred
—Profesor Dumbledore, Minnie le lleva la delantera—dijo George. Molly y la profesora McGonagall los miraron severamente mientras que el director sonreía divertido.
—No puede reprochárselo —dijo Dumbledore con tono afable—. Hemos tenido tan poco que celebrar durante once años...
—Pego no es motivo paga que se descubga el secgeto de la magia—dijo Madame Maxime
—Ya lo sé —respondió irritada la profesora McGonagall—. Pero ésa no es una razón para perder la cabeza. La gente se ha vuelto completamente descuidada, sale a las calles a plena luz del día, ni siquiera se pone la ropa de los muggles, intercambia rumores...
Lanzó una mirada cortante y de soslayo hacia Dumbledore, como si esperara que éste le contestara algo. Pero como no lo hizo, continuó hablando.
—Sería extraordinario que el mismo día en que Quien-usted-sabe parece haber desaparecido al fin, los muggles lo descubran todo sobre nosotros. Porque realmente se ha ido, ¿no, Dumbledore?
Todos se inclinaron hacia adelante para escuchar mejor. Mientras el trío se miraban entre sí, ellos sabían que no se había ido, no del todo.
—Es lo que parece —dijo Dumbledore—. Tenemos mucho que agradecer. ¿Le gustaría tomar un caramelo de limón?
— ¿Qué es eso?—preguntó Ron
— ¿Un qué?
—Un caramelo de limón. Es una clase de dulces de los muggles que me gusta mucho.
— ¿Tu los comes Hermione?—pregunto Ron
—Bueno sí los he probado—respondió la chica—pero no son mis favoritos.
—No, muchas gracias —respondió con frialdad la profesora McGonagall, como si considerara que aquél no era un momento apropiado para caramelos—. Como le decía, aunque Quien-usted-sabe se haya ido...
—Siempre hay momentos para dulces profesora—se quejó Titán. Sus amigos se reían a carcajadas— ¡No se reían!—exclamó de brazos cruzados haciendo pucheros. La mayoría veían entre extrañados y divertidos al trío.
—aquí mi compañero—dice Claws— es adicto a los dulces, tanto mágicos como muggles.
—Espera, espera—dice George—
— ¿Un Malfoy adicto a dulces muggles?—completo Fred
— ¡FIN DE MUNDO!—exclamaron ambos.
— ¿Ese niño es mi nieto?—pregunto la Sra. Malfoy levantándose de su asiento y yendo hacia donde estaba los chicos. Éstos sestaban nerviosos, no debían saber sus identidades. Draco, se encontraba en shock, había escuchado que pudiera ser su hijo pero no lo había tomado en serio, porque vamos, ¿su hijo en contra del Sr Oscuro? ¿Amigo de una Weasley? ¿En contacto con muggles? No puede ser. El Sr Malfoy no estaba mejor que su hijo.
      Narcisa llego hasta donde se encontraba y lo estrecho entre sus brazos, el chico solo pudo responder abrazándola también.
—Les dijimos que no todo rubio es un Malfoy—recuperó la voz Claws.
— ¿Estás diciendo que no es mi hijo?—pregunto Draco.
—Así es Sr. Malfoy, no es su hijo—le aseguro Reddish.
La Sra. Narcisa al escuchar eso soltó al muchacho y lo vio a los ojos, tan parecidos a los de su hijo.
—Disculpa mi atrevimiento entonces—le dijo.
—No se preocupe Sra. Malfoy, puede abrazarme siempre que quiera—le respondió el muchacho de forma arrogante. Y la mujer no le cupo la menor duda que era su nieto, así que nuevamente lo abrazó para confusión de todos incluso de su familia—No se lo digas a papá, las cosas en el futuro cambiaron, tranquila, la oscuridad fue vencida, y los ideales de papá se vieron cambiados gracias a mama, y en esta época papá no estaría de acuerdo en cómo es mi vida y quienes son mis amigos. —Le murmuró tan bajo para que solo la mujer escuchara.
— ¿Son felices?—le pregunto en el mismo tono bajo
—Bastante. Sin embargo, hay cosas que podemos evitar desde esta fecha. Todo te lo explicare luego. Nos vemos al finalizar la lectura de hoy.
Finalmente la mujer lo soltó. Y se dirigió a su mesa, donde su esposo la miró de forma interrogante y ella solo negó con la cabeza. Mientras, Claws y Reddish hablaban con Titán en susurros.
—Tu debilidad siempre ha sido tu abuela Titán—le dijo Claws con una sonrisa.
—Lo siento, no pude contenerme luego de que me abrazó—confesó el chico
—Te entendemos—le dijo Reddish tomando su mano—nosotros también quisiéramos abrazar a nuestras familias. Sin embargo a penas iniciamos esta misión, debemos culminarla.
Se habían creado conversaciones entre grupos sobre lo ocurrido.
— ¿Creen que ese chico si sea hijo de Malfoy?—pregunto Ron a sus dos amigos
—No lo sé, Reddish dice que no, pero está el asunto que no quieren que sepan sus identidades, a lo mejor mintió—dice Harry.
— ¿Qué creen que ocultan?—preguntó Hermione
—No lo sé—dice Ron—pero hay algo extraño en ellos, no sé que es.
—Me pasa igual—dice Hermione mirando a los chicos
—Parece que tenemos un misterio que resolver—dice Harry con una sonrisa divertida
—No sé si sea buena idea—habla Ron
— ¡Vamos!—los alienta Harry— ¿qué puede pasar en el futuro que no nos agrade si la guerra terminó?
—Puede que tengas razón—dice Hermione. Sus amigos la ven boquiabierta— ¿Qué? Solo tengo curiosidad—dice la chica algo sonrojada
—Muy bien, no se diga mas—exclama Harry, justo cuando se retomaba la lectura.
—Mi querida profesora, estoy seguro de que una persona sensata como usted puede llamarlo por su nombre, ¿verdad? Toda esa tontería de Quien-usted- sabe... Durante once años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre, Voldemort. —La profesora McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta—. Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo «Quien-usted-sabe». Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort.
—No todos somos como usted profesor—se quejó un chico de Gryffindor.
—Sé que usted no tiene ese problema —observó la profesora McGonagall, entre la exasperación y la admiración—. Pero usted es diferente. Todos saben que usted es el único al que Quien-usted... Oh, bueno, Voldemort, tenía miedo.
—Me está halagando —dijo con calma Dumbledore—. Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve.
—Sólo porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos.
—Menos mal que está oscuro. No me he ruborizado tanto desde que la señora Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas orejeras.
Todo el comedor estallo en carcajadas.
La profesora McGonagall le lanzó una mirada dura, antes de hablar.
—Las lechuzas no son nada comparadas con los rumores que corren por ahí. ¿Sabe lo que todos dicen sobre la forma en que desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo detuvo?
Todos prestaron especial atención.
Parecía que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa estaba por discutir,
El gran comedor estaba expectante.
 la verdadera razón por la que había esperado todo el día en una fría pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado nunca a Dumbledore con tal intensidad como lo hacía en aquel momento.
La tensión era palpable, todos pendiente a lo que revelaría el profesor Dumbledore.
Era evidente que, fuera lo que fuera «aquello que todos decían», no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era verdad. Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió.
— ¡Profesor!—se quejaron algunos exasperados. Dumbledore los miraba divertidos.
—Lo que están diciendo —insistió— es que la pasada noche Voldemort apareció en el valle de Godric. Iba a buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter están... están... bueno, que están muertos.
Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.
—Lily y James... no puedo creerlo... No quiero creerlo... Oh, Albus...
—Gracias profesora—dijo Harry triste recordando a sus padres. Hermione y Ron lo tomaron cada uno por un brazo, reconfortándolo, haciéndole saber que estaban con él, Harry se los agradeció.
La profesora inclinó la cabeza con los ojos anegados en lágrimas. Se acordaba de aquel día, en el que le llego ese rumor y no quería creerlo, que dos de sus mejores estudiantes, y posteriormente amigos, hayan perecido a manos de ese ser sin escrúpulos, y como había quedado un pequeño sin su padres.
Sirius y Remus no estaban mejor que la profesora, recordaban a su amigo, las bromas que hicieron juntos, los problemas en los que se metieron, las largas noches de consuelo cuando la pelirroja lo rechazaba, la felicidad que lo embargo cuando Lily accedió a salir con él y posteriormente a casarse, la llegada del cachorro. Recordaban todo de su amigo, pero también de Lily, la chica hija de muggles que se hizo tan indispensable para ellos cuando se hicieron amigos. Les dolía no haber podido ayudarlos, les dolía no haber podido salvarlos.
Severus Snape estaba con su rostro y frialdad imperturbable, sin embargo por dentro era un manojo de nervios, de tristeza, de rabia contenida, y de odio, por no haber podido salvar a su Lily. Muchas veces se planteó el cómo sería su vida de diferente si no se hubiera alejado de su amiga, a pesar de ella estar con Potter, pensó con rabia, podría haber sido un mejor amigo, y no aquel que la insultó. Se sentía culpable.
Dumbledore se acercó y le dio una palmada en la espalda.
—Lo sé... lo sé... —dijo con tristeza.
La voz de la profesora McGonagall temblaba cuando continuó.
—Eso no es todo. Dicen que quiso matar al hijo de los Potter, a Harry. Pero no pudo. No pudo matar a ese niño. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no pudo matarlo, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se ha ido.
Todos contemplaron a Harry, algunos con incredulidad, otros con sorpresa, otros con curiosidad. Sin embargo, el chico seguía con la cabeza gacha entre sus dos amigos que murmuraban palabras para consolarlo.
Dumbledore asintió con la cabeza,  apesadumbrado.
— ¿Es... es verdad? —Tartamudeó la profesora McGonagall—. Después de todo lo que hizo... de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a un niño? Es asombroso... entre todas las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivió Harry en nombre del cielo?
—Sólo podemos hacer conjeturas —dijo Dumbledore—. Tal vez nunca lo sepamos.
—Con estos libros sabrán el porque—dijo Claws distraídamente. Sin embargo, solo Harry lo escuchó, e hizo que levantara la vista y la enfocara en el chico, el cual le devolvió la mirada, y sin que nadie se diera cuenta gesticuló una palabra: ÁNIMO; y le guiñó un ojo, Harry sólo le sonrió y gesticuló un GRACIAS.
La profesora McGonagall sacó un pañuelo con puntilla y se lo pasó por los ojos, por detrás de las gafas. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro del bolsillo y lo examinaba. Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas y ningún número; pequeños planetas se movían por el perímetro del círculo. Pero para Dumbledore debía de tener sentido, porque lo guardó y dijo:
—Hagrid se retrasa. Imagino que fue él quien le dijo que yo estaría aquí, ¿no?
—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Y yo me imagino que usted no me va a decir por qué, entre tantos lugares, tenía que venir precisamente aquí.
—He venido a entregar a Harry a su tía y su tío. Son la única familia que le queda ahora.
— ¿QUÉ?—Gritaron todos. Los Slythering se avergonzaron después por ese arrebato que tuvieron, pero eso no lo notó el resto. Algunos miraban al director como si estuviera loco, otros como con ganas de matarlo.
— ¿Con estas personas vives Harry?—Preguntó Sirius entre dientes.
—eh, bueno, si—terminó aceptando avergonzado.
—Pero si lo odian—se quejó Hermione— ¿cómo lo pudo dejar con ellos?
—Exacto—Dijo el Sr Weasley—creo que se podría haber hecho una mejor evaluación sobre con quien dejar a Harry, por muy familia que sean.
Harry lo miro agradecido.
— ¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a la gente que vive aquí! —Gritó la profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando al número 4—. Dumbledore... no puede. Los he estado observando todo el día. No podría encontrar a gente más distinta de nosotros. Y ese hijo que tienen... Lo vi dando patadas a su madre mientras subían por la escalera, pidiendo caramelos a gritos. ¡Harry Potter no puede vivir ahí!
—Gracias profesora, por intentarlo—Harry le dedicó una sonrisa triste. Todos sabrían que no se había podido defender de los maltratos que ha estado recibiendo en esa casa.
Sirius y Remus tenían semblantes oscuros. Ellos sabían cómo Petunia maltrataba a Lily por algunas frases que lograban sacarle a James, y no creían que hay cambiado con Harry.
Los compañeros de casa de Harry lo miraban sin poder creer que él estuviera viviendo con unos muggles que odiaran de tal manera la magia y a sus padres.
—Es el mejor lugar para él —dijo Dumbledore con firmeza—. Sus tíos podrán explicárselo todo cuando sea mayor. Les escribí una carta.
Todos miraron al profesor boquiabiertos.
—No fue la mejor decisión profesor—dijo Harry forzando una sonrisa. Lo miraron sin comprender.
— ¿Una carta? —repitió la profesora McGonagall, volviendo a sentarse—. Dumbledore, ¿de verdad cree que puede explicarlo todo en una carta? ¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será famoso... una leyenda... no me sorprendería que el día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter! Escribirán libros sobre Harry... todos los niños del mundo conocerán su nombre.
Todos estallaron en carcajadas
—Profesora, no se le da mal la adivinación—dijeron los gemelos
Las risas no paraban, la gran mayoría sabía que la profesora McGonagall odiaba la adivinación porque no era una ciencia exacta.
—Exactamente —dijo Dumbledore, con mirada muy seria por encima de sus gafas—. Sería suficiente para marear a cualquier niño. ¡Famoso antes de saber hablar y andar! ¡Famoso por algo que ni siquiera recuerda! ¿No se da cuenta de que será mucho mejor que crezca lejos de todo, hasta que esté preparado para asimilarlo?
—Esta vez el profesor consiguió un punto—dijeron ambos gemelos.
La profesora McGonagall abrió la boca, cambió de idea, tragó y luego dijo:
—Sí... sí, tiene razón, por supuesto. Pero ¿cómo va a llegar el niño hasta aquí, Dumbledore? —De pronto observó la capa del profesor, como si pensara que podía tener escondido a Harry.
—Hagrid lo traerá.
— ¿Le parece... sensato... confiar a Hagrid algo tan importante como eso?
— ¡POR SUPUESTO!—Exclamaron el trío de oro y el del futuro. Hagrid se ruborizó.
—A Hagrid, le confiaría mi vida—dijo Dumbledore.
Hagrid miró agradecido al profesor.
—No estoy diciendo que su corazón no esté donde debe estar —dijo a regañadientes la profesora McGonagall—. Pero no me dirá que no es descuidado. Tiene la costumbre de... ¿Qué ha sido eso?
Un ruido sordo rompió el silencio que los rodeaba. Se fue haciendo más fuerte mientras ellos miraban a ambos lados de la calle, buscando alguna luz. Aumentó hasta ser un rugido mientras los dos miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto cayó del aire y aterrizó en el camino, frente a ellos.
— ¡ES MI MOTO!—pego un brinco Sirius— ¿Aún la tienes Hagrid?—preguntó con los ojos brillando de emoción.
—La regresé a donde la guardabas Sirius—le respondió Hagrid, quiñando un ojo
—Genial—exclamo Sirius aplaudiendo.
La moto era inmensa, pero si se la comparaba con el hombre que la conducía parecía un juguete. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco veces más ancho. Se podía decir que era demasiado grande para que lo aceptaran y además, tan desaliñado... Cabello negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi toda la cara. Sus manos tenían el mismo tamaño que las tapas del cubo de la basura y sus pies, calzados con botas de cuero, parecían crías de delfín. En sus enormes brazos musculosos sostenía un bulto envuelto en mantas.
— ¡Me gustan estas descripciones!—exclamó Dumbledore.
—Hagrid —dijo aliviado Dumbledore—. Por fin. ¿Y dónde conseguiste esa moto?
—Me la han prestado; profesor Dumbledore —contestó el gigante, bajando con cuidado del vehículo mientras hablaba—. El joven Sirius Black me la dejó. Lo he traído, señor.
— ¿No ha habido problemas por allí?
—No, señor. La casa estaba casi destruida, pero lo saqué antes de que los muggles comenzaran a aparecer. Se quedó dormido mientras volábamos sobre Bristol.
Dumbledore y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas.
Entre ellas se veía un niño pequeño, profundamente dormido. Bajo una mata de pelo negro azabache, sobre la frente, pudieron ver una cicatriz con una forma curiosa, como un relámpago.
— ¿Fue allí...? —susurró la profesora McGonagall.
—Sí —respondió Dumbledore—. Tendrá esa cicatriz para siempre.
— ¿No puede hacer nada, Dumbledore?
—Aunque pudiera, no lo haría. Las cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una en la rodilla izquierda que es un diagrama perfecto del metro de Londres.
Todos hicieron muecas de desagrado.
Bueno, déjalo aquí, Hagrid, es mejor que terminemos con esto. Dumbledore se volvió hacia la casa de los Dursley
— ¿No se referirá a dejar a mi ahijado a media noche solo frente una casa donde no lo quieren verdad?—preguntó Sirius mortalmente serio.
— ¿Puedo... puedo despedirme de él, señor? —preguntó Hagrid.
Inclinó la gran cabeza desgreñada sobre Harry y le dio un beso, raspándolo con la barba. Entonces, súbitamente, Hagrid dejó escapar un aullido, como si fuera un perro herido.
— ¡Shhh! —dijo la profesora McGonagall—. ¡Vas a despertar a los muggles!
—Lo... siento —lloriqueó Hagrid, y se limpió la cara con un gran pañuelo—Pero no puedo soportarlo... Lily y James muertos... y el pobrecito Harry tendrá que vivir con muggles...
El trío de oro miró con cariño a Hagrid.
—Sí, sí, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o van a descubrirnos — susurró la profesora McGonagall, dando una palmada en un brazo de Hagrid, mientras Dumbledore pasaba sobre la verja del jardín e iba hasta la puerta que había enfrente. Dejó suavemente a Harry en el umbral, sacó la carta de su capa, la escondió entre las mantas del niño y luego volvió con los otros dos.
—Lunático dime que no lo hizo—dijo Sirius
—Tal parece que sí canuto—respondió Remus empuñando sus manos.
Durante un largo minuto los tres contemplaron el pequeño bulto. Los hombros de Hagrid se estremecieron. La profesora McGonagall parpadeó furiosamente. La luz titilante que los ojos de Dumbledore irradiaban habitualmente parecía haberlos abandonado.
—Bueno —dijo finalmente Dumbledore—, ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vayamos y nos unamos a las celebraciones.
—Ajá —respondió Hagrid con voz ronca—. Voy a devolver la moto a Sirius. Buenas noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore.
Hagrid se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la moto y le dio una patada a la palanca para poner el motor en marcha. Con un estrépito se elevó en el aire y desapareció en la noche.
—Nos veremos pronto, espero, profesora McGonagall —dijo Dumbledore, saludándola con una inclinación de cabeza. La profesora McGonagall se sonó la nariz por toda respuesta. Dumbledore se volvió y se marchó calle abajo. Se detuvo en la esquina y levantó el Apagador de plata. Lo hizo funcionar una vez y todas las luces de la calle se encendieron, de manera que Privet Drive se iluminó con un resplandor anaranjado, y pudo ver a un gato atigrado que se escabullía por una esquina, en el otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas de las escaleras de la casa número 4.
—Buena suerte, Harry —murmuró. Dio media vuelta y, con un movimiento de su capa, desapareció.
— ¿COMO VA A DEJAR A MI AHIJADO ASÍ? ¿Qué CLASE DE RAZONAMIENTO UTILIZÓ PARA NO HABLAR EN PERSONA CON LOS DURSLEY?—explotó Sirius. Los ojos de Remus centellaban de furia, intentaba calmarse en vano.
El comedor se sumió en un silencio profundo.
—Calma Sirius—le dijo Harry— no es para tanto.
—No es para tanto—repitió Sirius incrédulo— ¿Cómo QUE NO ES PARA TANTO? ERAS UN BEBE.
—YA BASTA. —Alzo la voz—Los profesores hicieron lo que creyeron conveniente en ese momento, no digo que me agrade la idea, pero estoy seguro que tía Petunia y tío Vernon los hubiesen echado sin ni siquiera escucharlos. Ahora te vas a sentar y seguiremos leyendo tranquilamente.
—Sirius respiró profundo y se sentó. Mientras Remus y los más cercanos a Harry trataban de calmarse.
Una brisa agitó los pulcros setos de Privet Drive. La calle permanecía silenciosa bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Harry Potter se dio la vuelta entre las mantas, sin despertarse. Una mano pequeña se cerró sobre la carta y siguió durmiendo, sin saber que era famoso, sin saber que en unas pocas horas le haría despertar el grito de la señora Dursley, cuando abriera la puerta principal para sacar las botellas de leche. Ni que iba a pasar las próximas semanas pinchado y pellizcado por su primo Dudley... No podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: « ¡Por Harry Potter... el niño que vivió!».
—Fin del Capítulo—anunció Reddish. Sin embargo los ánimos no habían mejorado, muchos veían al director indignados, otros molesto, pero no se atrevieron a volver a decir algo. Simplemente todos quedaron en silencio. — ¿Y bien?—continuó— ¿quién quiere leer?
—Yo leeré Srita. Reddish—respondió la profesora McGonagall—El capítulo 2 es: EL VIDRIO QUE SE DESVANECIÓ.
Eso fue suficiente para que Harry rompiera a reír a carcajadas.
— ¿Harry?—pregunto Ron
—Lo siento, solo me acorde de lo que pasó con ese vidrio
— ¿Magia accidental cachorro?—preguntó Sirius

—oh si—respondió Harry con una sonrisa divertida que solo fue correspondida por el trío del futuro.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario